Los símbolos tienen su edad. Por levantar el puño se ha administrado ricino en público a jóvenes amazonas republicanas o se ha llevado al paredón a militantes curtidos. Por levantarlo han debido soportar más de una tallina en el cuartelillo, durante la larga noche de piedra de la dictadura, muchos impertinentes o contumaces. Una vez en la Universitaria, allá por los felices 60 –y que me disculpe el lector memorioso porque sé que me repito aquí—, se produjo un incidente banal que sonó a rebato, sin embargo, entre los bienpensantes y provocó que un buen puñado de estudiantes dieran con sus huesos en los sótanos de la policía, sólo porque, desde un camión carbonero que cruzaba por allí coincidiendo con una manifestación habitual, un operario levantó desafiante el puño en alto como saludo a la ‘basca’. Entonces no podíamos sospechar el corto futuro que aguardaba a ese viejo símbolo revolucionario sobre cuyo significado se dividen los simbólogos, pero al que acabó de dar sentido dialéctico, como antítesis sin síntesis posible de la tesis, la mano abierta del saludo romano reinventado por los fascistas. La izquierda (la perseguida y la consentida) abandonaron pronto una seña de identidad, agresiva desde su propia morfología, reservada desde entonces para exaltaciones sentimentales y eventos fotogénicos, pero nunca volvió a significar el puño cerrado y en alto lo que había supuesto en etapas anteriores. Los símbolos nacen, crecen y mueren, como todo lo que discurre por la vida, y todo lo más se fosilizan cautivos, como los insectos remotos, dentro el ámbar casual de rutinas ya insignificantes. Cuando en marzo del 99, nada menos que el New York Times Magazine eligió un enorme puño cerrado como símbolo del “espíritu globalizador” propuesto por Friedman en su “Manifiesto por un mundo rápido”, a muchos nos pareció que, en adelante, el símbolo revolucionario no volvería a recuperar su sentido original. Y así fue: hoy sólo gente del tipo de Llamazares o los encapuchados de ETA siguen levantando un puño que apenas significa otra cosa que su propio fracaso.
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Bueno, no sólo ellos, porque en la prensa del lunes podía verse el retrato de un guardia civil de uniforme, tricornio encasquetado y condecoración sobre la guerrera, que izaba ingenuamente ese puño cerrado como un gesto testimonial frente al disparate que supone mantener bajo disciplina militar a una policía que desde el título está proclamando si condición cívica. Una imagen insólita, qué duda cabe, incluso divertida –a poco que no hayamos perdido enteramente el humor–, pero sobre todo y ante todo, anacrónica, arcaica incluso, como ha de probarlo (esperémoslo, al menos) la intrascendencia disciplinaria de lo que hace no demasiado tiempo le hubiera proporcionado una temporada en un castillo. De toda la movida sindical organizada desde la Guardia Civil frente a la informalidad del Gobierno, nada tan expresivo y, al mismo tiempo, tan insignificante, como ese puño de guardia civil alzado en solitario entre un mar de charol que es en sí mismo, desde luego, otro llamativo anacronismo en los tiempos en que vivimos. Ese guardia no se ha enterado de que un “rojo” profeso como ZP no ha levantado probablemente el puño ni para celebrar su sobrevenida ascensión a los cielos, ni de que –y eso ya es peor— en ese desfile con el paso cambiado no figura ya más que el pelotón de los torpes. A mí, personalmente, me ha producido cierta afectuosa melancolía la figura del guardia cimarrón, aislado entre sus compañeros y expuesto en evidencia ante una España que apenas sabe ya de qué va esa vaina por la que tantas tallinas repartieron sus antecesores en el Cuerpo mientras fueron el largo brazo armado de la tiranía. Hoy, ya digo, sólo levantan el puño unos cuantos recalcitrantes de precaria neurología. Los demás, hace tiempo que sabemos que la revolución no sólo ha cambiado de fondo sino también de forma.

18 Comentarios

  1. Preciosa la foto (que he tenido que buscar entre periódicos atrasados), y en efecto, anacrónica tanto como ingenua. De acuerdo con ja en lo fundamental. En cuanto a don Berza temo que se equivoca.

  2. El puño no lo levantaban en España hasta que ZP llegó con la historia del abuelito. Ni el puño ni le brazo romano tienen nada que ver con las nuevas generaciones.

  3. Yo sólo levanto el puño en mi casa, en mi salón, cuando no me ve nadie, lo que siempre será menos defectivo que esa posición de firmes que adoptan nuestros mantenidos mientras suenas las diversas Internacionales. Es malo para un país vivir en función de los saludos. Sólo la irracionalidad –por ambas partes– pudo mantener esa barbaridad.

  4. Ojú, Jefe, y en qué buen sitio ha ido a poner la era, que diría uno de mis abuelos. Batallitas a la Epi, casi ná. En el invierno del 68, servidora era del grupo de tarde en FyL de la fábrica de Tabacos. Anunciaron una charleta de un Quidam en el Aula Magna, de que se habían encontrado los Furrunosécuantos, unos manuscritos inéditos de Marx -don Carlos, no mi don Grucho- y allí se terminó cantando la Internacional. Servidora estaba asustadilla. No sin motivo. A pesar de que no había móviles entonces, a la salida del patio de Letras, pues habían echado las cancelas, y quien pululó por allí en la época sabe de qué hablo, había dos o tres Lanrover y grises de verdad pidiendo los carneses. Servidora creo que mojó un poquito las bragas y no de lubricación erótica precisamente. Con el denei en la boca y el de la facul en la mano temblorosa, el poli me miró de abajo arriba -una no era la Sofía Loren precisamente- y con la barbilla me hizo que “p’alante”. En la calleja con el Alfonso eché a correr y creo que paré junto al campo del Betis, hoy de donManué.

    Pero ‘las tallinas’ de los cuartelillos habían ya casi pasado a la historia. Eso fue en los negros cuarenta y cincuenta. Por entonces si acaso en la Gavidia se escapaba algún empujón o una media ostia -lo escribo sin hache, mi don Páter, para más venialidad- y poco más.

    Lo de la Miró con el crimen de Cuenca se pasó varios pueblos. Un año más tarde, una servidora pintó un cartel primoroso con una queja vecinal. Con dos amigotes lo plantamos una noche, con su asta, junto a un camino, dentro de uan finca privada pero perfectamente legible desde la carretera del pueblo. Tardó horas en ser arrancado. Un par de días después, en la parada del autobús, el comandante de puesto, un cabo primero educado se me acercó discretamente, me preguntó por el tiempo y por la salud, y luego mirando al tendido me murmuró: “Tenga cuidado con quien se junta, doña. Sabemos quién y dónde compró el tablero y cuánto le costó a usted la pintura y el pincel”. Fuese y no hubo nada.

    A mi amigo el viejo ácrata, casi ya mediados los setenta, cuando había algo de relevancia en Híspalis, una visita importante, alguna movida de fundamento, venía un secreta a su casa y se lo llevaba a guardarlo unos días en la Preve. Como dos amigos tomaban el autobús y hasta juraría que se tomaban un chato juntos. Y él sí que estuvo casi veinte años a la sombra, después de que le conmutaran la pena de muerte.

    Tanta gente ha mancillado ya el puño levantado -¿por qué me acordaré ahora por ejemplo de Solana el otánico, o del Bígamo, o de Buayer?- que es mejor pensar que todo fue un mal sueño. De añoranza, ni mijita.

  5. Amén, don ja, doña Epi, lo pasado, pasado. Nunca son buenos los signos si con los signos se amenaza y un puño, una amenaza es, como lo es una mano romana. El anfi ha repetido con razón la frase de Unamuno: No se puede defender el cristianismo a cristazos. Ignoro dónde la encontró este lector implacable pero la suscribo sin queitarme el clergiman y no digo el silideo por

  6. Amén, don ja, doña Epi, lo pasado, pasado. Nunca son buenos los signos si con los signos se amenaza y un puño, una amenaza es, como lo es una mano romana. El anfi ha repetido con razón la frase de Unamuno: No se puede defender el cristianismo a cristazos. Ignoro dónde la encontró este lector implacable pero la suscribo sin queitarme el clergiman y no digo el solideo porque no uso.

  7. Me ha recordado muchas cosas, don, incluida su propia imagen. ¿Recuerda el día del entierro de…, bueno, vamos a dejarlo, que no hay nada como el olvido. Sé que es usted un hombre de bien y que ese guardia civil le inspira más afecto que otra cosa.

  8. Nunca fuimos demasiado partidarios del puño, aunque es preciso reconocer que lo hemos levantado, y que de él hicimos una fantasía revolucionaria. ¡Quién no ha tenido 20 años! Muchos, ya lo sé: peor para ellos.

  9. Estupenda columna, discreta, irónica sin sarcasmo, bien traída hacia su conclusión final: el anacronismo de tantas posturas. ZP no levanta el puño pero ha enviado por los pueblos de España a una legión de desenterradores. Mala cosa es ésa, sin duda. Un puño, en plan sentimental, tampoco es pecado grave. Que lo bendiga el páter, en todo caso.

  10. Pues cuidado no le salgan golondrinos. ¡Qué pseudónimo tan triste, tan de película de los años 50, tan… tan.

  11. bonito, irónico, ¿nostálgico? ¡Qué mas da! Me gusta, me sigue gustando la pulila de gm, al que, por cierto, no lo están dejando hablar en la radio esta mañana. No se quiere escuchar lo que no se quiere escuchar.

  12. Puño, símbolo viejo. Excelente título, que es de suyo una conclusión: la edad del símbolo. El tiempo pasa para todos, sobre todo, y lo gasta todo. En política más que en ningún otro ámbito.

  13. Mensaje tempranero: recuerden a Stalin levantando la mano medio abierta, junto a la gorra. El puño ha sido una supersitción entrañable para mcuhos, incomprensible para otros tantos.

  14. Me siento aludido por la columna y muchos comentarios. Me quedo con la morakeja que propone el título: que los grandes símbolos, por los que se ha muerto y matado, acaban en polvo de la memoria apenas. Gran lección. Esta columna no se ocupa de minucias sino que hece grandes cala a partir de minucias. Y eso es un arte.

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