Los mitos funcionan a veces como las muñecas rusas, esto es, encerrando en su interior otros mitos que, a su vez, albergan a otros menores. El de la creación de Roma, con la leyenda de los sacrílegos amores de Rea y Marte, el nacimiento de Rómulo y Remo, su condena mosaica a ser abandonados a las aguas, la loba providente que los amamantó y el pastor caritativo, es uno de los más hermosos y reconocidos con independencia de que cada uno de esos mitemas etiológicos – la paternidad heroica, el episodio del abandono, la actuación de la loba y hasta la intervención caritativa del pastor—hayan debido bregar a lo largo de la historia con no pocas  teorías rivales. En los últimos tiempos se ha venido denunciando la inverosimilitud del origen etrusco de la estatuilla, datada por unos en el siglo V a.C. y por otros nada menos que en el VIII, de la misma manera que no ha faltado quien emparente el mito mismo de esos fundadores con el de Moisés y aún con el de Edipo. En cuanto a benéfica la loba, ya Livio proponía considerarla una digna metáfora de cierta prostituta (‘lupa’ en latín, de donde ‘lupanar’) de carne y hueso que se habría apiadado de las criaturas, hipótesis reproducida luego, con visible complacencia, por varios Padres de la Iglesia. Pero ahora, y tras varios intentos críticos que fracasaron bajo el peso de la leyenda, arqueólogos de la universidad de Salento han probado, basados en pruebas de radiocarbono y termoluminiscencia, que la estatua en cuestión ni es etrusca ni antigua, sino pieza medieval fundida en Orvieto con técnicas características medievales, como la de “cera perdida”, desconocidas por completo en los tiempos remotos en lo que hasta ahora se pensaba. Ni que decir tiene que el Ayuntamiento romano ha escondido bajo siete llaves el dictamen, incluso después de que en la universidad romana de la Sapienza –como revelan ahora ‘La Repubblica’ y otras fuentes–  alguna voz experta denunciara con vehemencia la realidad de la falsificación. La leyenda es más fuerte que la Historia, ‘Mithos’ cuenta frente a ‘Logos’ con la consabida novelería del ser humano.

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Y lo que te rondaré, morena, porque no hay duda de que los avances espectaculares de la tecnología acabarán proporcionando a la Historia un instrumento debelador de primera magnitud, que habrá de echar abajo muchos de esos inmemoriales lugares comunes reduciendo el pasado a una dimensión, seguramente no completa ni mucho menos, pero sí bastante objetiva. No sin resistencias, por descontado. Ahí tienen la inacabable polémica de la Sábana Santa, capaz de encontrar una nueva explicación a cada revés que la leyenda recibe de la ciencia y de averiar el prestigioso recurso de la falsación con propuestas cada vez más ingeniosas, pero incluso negocios tan acreditados terminarán por recibir en su día la puntilla fatal de la evidencia científica: es cuestión de tiempo. ¡Historia y novela! En alguna parte dice Duhamel que así como el novelista es el historiador del presente, el historiador no es más que el novelista del pasado, el memorioso al que le está permitido el recurso de mentir, como admitía el rigurosísimo Renán, pues se trataría, para el talento del cronista, de conseguir una historia verdadera con datos que no lo son más que a medias. O que no lo son en absoluto, claro está. A ver quién nos iba a decir que la loba famosa era un fraude elaborado sobre una leyenda que hizo que ya Augusto se desviviera por ella y que nos hemos tragado como cierta, entera y plena, qué sé yo cuántas generaciones. En eso precisamente consiste la maravilla del mito, lo admirable de su poder sobre una mente que, como bien sabemos, funciona asistida en un hemisferio por la racionalidad y en el otro por la fantasía. Igual se nos venía abajo el tinglado si renunciáramos de pleno algún día a rechazar esa cera blanda de las imaginaciones para quedarnos sólo con la dura certeza de las verdades del barquero.

3 Comentarios

  1. A ellos les queda el dulce acento de su parla y siempre le podrán aplicar el ‘si non é bello, é ben trovatto’. Como la famosa hospitalidad para los que hacían el camiño y les ofrecían cena y cama gratis, pues los posaderos de Santiago, decían, era avaros, daban mal de cenar y sus jergones estaban infectados de chinches y otras alimañas. Luego a la mañana, les ofrecían que les comprasen una docena de velas de cera pura que eran las que obtenían favores y no las de unto que se vendían junto a la catedral compostelana. Son algo más cariñas, les venían a decir, pero son las que el Santo prefiere para conceder sus milagros. Y en el precio de las velas incluían la cena, la cama y un poquito de beneficio para ‘las abejas’.

    ¿Cuántos de esos mitos, mitemas y mitologemas no son sino el recurso de los cuatro listillos que siempre ha habido para timar a los membrillos? Una servidora misma tiene su pequeña luperca souvenir con los dos mamoncetes agarrados a la ubre.

    Mejor que los científicos no se metan en jardines porque en la bota adriática y en la bosta de toro, el noventa y tantos por ciento del tinglado mítico/religiosos está cogido –huy, perdón, hermanos latinoamericanos, agarrado- con alfileres y como sigan saliendo los del carbono con sus melindres, veo a camaristas y ermitaños vendiendo clínes en los semáforos.

  2. Vaya, doña Passiflora del alma, usted y yo solitas.
    Ya ha tocado el maestro este tema varias veces, y siempre he reconocido que las leyendas, si son bellas, me agradan tanto como la realidad. Y , hasta si me empujan, les doy más valor. ¿Por qué? Pues porque son la emanación de todo un pueblo, son poesía y aspiración, son testimonio de un sueño colectivo, y los sueños, más aun si son colectivos, me gustan.
    Ya sé que son mentirijillas y lo que es peor, que pueden ser peligrosos, pero, tanto me da, tantas cosas son peligrosas, que prefiero vivir peligrosamente pero tambien soñar
    Un beso , doña Passi, y a ver si se animan los otros.

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