Hay un tipo de crítico científico en nuestra crédula sociedad empeñado, en no pocas ocasiones desde la mayor incomodidad, en limitar tanto las expectativas injustificadas, causantes de tanta decepción, como las alarmas sin base. Uno de ellos –bien conocido, por fortuna, del gran público que lee y ve la televisión– es Manuel Toharia, actual director del Museo de la Ciencia de Valencia, y hombre de vastos y exigentes saberes cuya moderada energía lo han convertido en auténtico azote de la charlanatería que nos aflige, desde los ufólogos visionarios a los espiritistas de sobremesa y desde los magos a los herodianos. Buena falta hace una dosis, siquiera homeotápica, de ese criticismo tocado de escéptico, en efecto, en medio de este festival en el que participan entusiastas no ya sólo los filibusteros de la industria del notición, sino las más altas instancias políticas, como el caso del debate del llamado “cambio climático” —que hoy nos reúne aquí para escuchar al experto– se ha encargado de poner de relieve. 

Antiguo seguidor de las opiniones de Toharia creo poder decir que, más que un escéptico, este viejo meteorólogo es un prudente, uno de esos raros españoles que el padre Gracián llamaba “discretos” y a cuya rareza en nuestra sociedad atribuía, como otros observadores de la España antigua, buena parte en la responsabilidad en los “males de la patria”. En medio de esta enorme discusión paracientífica montada en torno a la hipótesis de que el actual modelo de civilización va a conducir al planeta, por la vía rápida, al Apocalipsis, Toharia es de los pocos que ha conservado el sentido de la medida para enfrentarse a los grandes poderes involucrados en ella y decirles, al menos, dos cosas verdaderamente incómodas: una, que el abuso actual de ese modelo resulta, ciertamente, dañino para la salud de la Tierra pero que, en modo alguno, es previsible que ni ahora ni a lo largo de todo el siglo, ese riesgo pueda acarrear la anunciada catástrofe final; y otra, ojo, que casi con todaseguridad, no es del todo inocente esa hipótesis en mano de los políticos en la medida en que les sirve divinamente para ocultar otros problemas, desde luego mucho más acuciantes. 

Como el de la extrema desigualdad entre países y continentes, por ejemplo y sobre todo. Cuando desde el Tercer Mundo alguien ha dicho que, en realidad, estos alarmismos podrían no ser más que la coartada para segarle bajo los pies a las tierras hambrientas la hierba de la industrialización, no andaba del todo despistado seguramente. Porque uno puede preguntarse, como alguna vez ha hecho Toharia, de qué planeta estamos hablando si no es del mundo rico, puesto que en el pobre ya muere de hambre un inocente cada tres segundos y verdaderas muchedumbres encaran el nuevo siglo desde la más absoluta desesperanza, privadas de lo más elemental incluida la salud. ¿Qué cataclismo puede alarmar a un mundo como ése? Es justo, por supuesto, al “otro mundo”, al nuestro, al rico y desarrollado, al que amenaza dudosamente esa ruina ambiental provocada por nuestra propia actividad. Un tipo con Al Gore recibe el Nobel por su campaña contra el modelo actual pero no movió un dedo para firmar el protocolo de Kyoto cuando era nada menos que Vicepresidente de los EEUU. Los mismos países adalides de la alarma medioambiental compran a buen precio a los países pobres sus imaginarios “cupos” de una polución que qué más quisieran ellos que estuviera en sus manos provocar. Mucha gente apoya a Gore, incluso sin haber visto ese documental desacreditado pro un juez londinense, pero poco juego mediático se le ha dado al desafío lanzado por lord Monckton de Brenchley o por Dennis Avery, incrédulos ante los profetas tonantes y, como Toharia más o menos, convencido de que si algo hay que hacer no es, desde luego, porque resulte inminente un desastre sino porque este mundo vive instalado en esa polución devastadora que es la injusticia. Pero ¿es verosímil la catástrofe o no lo es, enloquecerá definitivamente el Tiempo (meteorológico) o seguirá sin mayores contratiempos su curso inmemorial, subirán los mares como estos mismos días se anuncia o tampoco es verosímil ese aterrador efecto?  Las “Charlas de El Mundo” le han pedido a este observador tranquilo que nos cuente los pros y los contras, como él suele, con tal de contribuir a restaurar la tranquilidad tanto como a ilustrar el criterio colectivo, que es lo que de verdad está en peligro en esta sociedad medial. Uno tampoco cree, modestamente, en estos apocalipsis de bolsillo, a lo mejor por la filogenia cristiana de la mayoría de los europeos. Y por eso no cree demasiado en estos “fines” del mundo. Estoy don Kafka en que esto va para largo y, encima, en que la Eternidad debe de ser muy aburrida… sobre todo al final. 

3 Comentarios

  1. Los ecologistas son más hipócritas que los miembros de una ONG, ¡que ya es decir!

    El Museo de la Ciencia de Valencia, lo visité hace unos meses y no aprecié gran cosa en él.
    Debe de ser cuestión de presupuesto. El de Barcelona obra social de “La Caixa” es monumental, quizás uno de los mejores de Europa.
    Dirigido con maestría y conocimiento por el físico Jorge Wagensberg cuyo conocimiento del “todo” es fantástico.
    En su libro “Si la Naturaleza es la respuesta ¿cual era la pregunta? desmonta toda la magufería que nos circunda.
    Aquí les cuelgo un extracto:

    http://www.uv.es/metode/llibres/02llibre_es.htm

  2. NO SÉ QUÉ PENSAR, PEOR IRÈ A ESCUCHAR A TOHARIA. LO QUE TENGO CLARO ES QUE ESTE SEÑOR GZ.MARIN, TRABAJA CON ESPÍRITU ABIERTO Y DEJA HABLARA TODOS EN ESAS CHARLAS.

  3. Espero que alguien cuente lo que dijo el sabio , que estoy como Doña Raquel, con los pro y los contra pero sin saber en qué acaba.

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