Vuelvo hoy sobre el negocio del plagio movido por la curiosa iniciativa de una profesora granadina que se propone reaccionar contra algo que todos sabemos pero cuya gravedad no cabe duda de que necesita ser resaltada: el plagio, la puñetera cultura del plagio, y más que el plagio en sí mismo, la tolerancia con el plagio, esa condescendencia que está logrando que el hecho miserable y estúpido de copiar a otro y apropiarse de lo ajeno, funcione académicamente como algo normal. No voy a volver, como en otras ocasiones, sobre la antigüedad del procedimiento ni a recordar el interesante debate habido en nuestro Siglo de Oro, que se saldó con la sabia convención de que si la imitación perpetrada era servil o inferior al original constituía un crimen de lesa literatura, mientras que si mejoraba el texto o la idea primitivos valía y resultaba aceptable como método –“plagio con asesinato” lo llamaban los que discutían alrededor de la irrupción de Avellaneda—quizá en virtud de la vieja idea, que aún sostiene Giradoux en su “Siegfried”, de que al fin y al cabo, le demos las vueltas que queramos darle, el plagio es la base de todas las literaturas…excepto de la primera, siendo ésta, además, por definición, desconocida. En una carta que escribió a un amigo, el conde de Buffon se apropiaba de una conocida declaración pirata de Molière que proclamaba su derecho a apropiarse de lo bueno allí donde lo pillara, así sin más, como si la obra ajena fuera una “res nullius” o una “res derelicta”, esa fruta desgajada espontáneamente del árbol que el caminante recoge en su camino. Hoy el plagio es un hábito generalizado, como bien dice la profesora, “entre estudiantes e investigadores”, hasta el punto de que existen negocios en Internet dedicados a su explotación, entre los que me divierte especialmente el cínicamente autotitulado “El Rincón del Vago”. Cualquiera puede encontrar en la Red la información que precise aunque sea aconsejable no recurrir a Wikipedia porque esa será la primera fuente que investigue el inquisidor eventual.

 

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Me parece justo matizar, en todo caso, que el plagio no ha triunfado por su cuenta en nuestra cultura ni ha logrado su estatus a la buena de Dios, sino que ha prosperado a la sombra reparadora de las ruinas del sistema educativo, quiero decir que, al margen del impacto inevitable de las nuevas tecnologías de la información de masas, los plagiarios surgen y se legitiman en la oquedad ética que constituye esta universidad vacía, o incluso en esos balnearios bachillerescos que han hecho de la tolerancia mal entendida un valor corriente y, si me apuran, superior. Todavía recuerdo, entre los versos liceanos que, en aquellos tiempos, había que aprenderse “par coeur”, unos muy graciosos y descarados de Musset que sostenían que había que ser ignorante “como un maestro de escuela” (reclamaciones a él, por favor) para pretender la originalidad, incluso para decir una sola palabra “que personne ici-bas n’ait pu dire avant vous”, o sea, que nadie haya podido decir en este valle de lágrimas antes que ustedes. Dice la profe de Granada que se trataría precisamente de “disminuir el contexto de tolerancia” frente al plagio e ir sensibilizando a la opinión frente a sus injustos estragos, pero yo, qué quieren que les diga, veo en este calculado tacto, en esta estrategia minimalista y como tímida, un motivo de estupor y de alarma mayor que el que pueda causar la estafa misma que es siempre el plagio. ¿Cómo es posible que no quepa una reacción fulmínea, una puesta de pie en pared que de una vez por todas se enfrente a la ratería intelectual no con tolerancia y paños calientes sino con drástica energía? Le deseo a esa noble iniciativa lo mejor pero mucho me temo que se agote en el mero deseo. La reforma no se puede empezar por el tejado y menos cuando lo que falla a ojos vista son los cimientos.

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