El prestigio póstumo de la Roma clásica dejó abierta, como una vereda utópica, el mito de su perpetuidad imaginado en sucesivas reencarnaciones. La ilusión surgió pronto tras la invasión bárbara, de la mano de Constantino, y perduró en el Bizancio germinal del siglo V hasta que la caída de Constantinopla la destruye irremediablemente, ya en puertas del Renacimiento, abriendo la ocasión al primitivo zarismo para idealizar a Moscú como una “Tercera Roma” perpetua, encargada, como su antecesora, de preservar el canon y la matriz de la cultura cristiana, ahora elevada a una hemipléjica ortodoxia que perdurará hasta la llegada de los soviets, semifosilizada pero presente en la mentalidad popular rusa. Un mito que irrumpe en el espejo romano disfrazado de troyano –tan larga resultó la mano de Virgilio– logra así, pues, atravesar la historia de cabo a rabo proyectando al futuro un nuevo mito: el del fin de la Historia.
Durante el siglo XX hemos vivido, sin embargo, la incierta conciencia de que esa “Roma”, esto es, el emblema imperial, habría reencarnado en el corpachón aluvional de unos Estados Unidos que, al menos desde la guerra cubana, son vistos y se creen a sí mismos –desde la problemática óptica que implica la idea fatal de la inevitabilidad de la hegemonía mundial– como legítimo heredero de la “ciudad eterna”. La imagen de los USA vencedores de las dos grandes guerras, de la de Corea y hasta de la de Vietnam, sería esa imaginaria “Cuarta Roma”, cabeza de un imperio planetario considerado, más allá de un belicismo tutelar, incluso como paradójica garantía de la paz mundial.
Todos los imperios nacen, crecen y acaban derrumbándose y el de los USA no iba a ser una excepción. Lo ha dejado entrever hace unos días, nada menos que en el fortín simbólico de West Point, el capo de los ejércitos yanquis al reconocer, ante sus cadetes y ante la especie humana, que el sueño ha concluido, es decir, que la hasta ahora incuestionada hegemonía americana está en crisis abierta y que habrá que prepararse, en consecuencia, para un futuro eventualmente contencioso que en adelante habrá de ser afrontado sin arrogancias. En unos EEUU armado hasta los dientes que, sin embargo, han de improvisar un puente aéreo para importar de Europa leche infantil al tiempo que se debaten impotentes ante una criminalidad imparable, la arenga del general en jefe, descubriendo por sorpresa el fin de la hegemonía, no deja de ser una alarma más que digna de ser tenida en cuenta y en la que resuena el eco de Toynbee confirmando la inevitable caducidad de toda hegemonía. Tras el actual pulso entre los dos últimas “Roma” que estamos contemplando sobre el mapa martirizado de Ucrania, subyace agazapada la incógnita de una herencia mítica, ínsita en la condición humana, que no concibe otro orden posible que el que impone la férula imperial. Quién sabe si el futuro mece ya en su sueño amniótico un nuevo imperialismo que puede que en esta ocasión, como las especias y las epidemias, acabe viniendo del Este.

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