La paradoja más curiosa del sanchismo consiste en mandar en la sociedad con un poder tan autocrático como el que más pero también tan subsidiario como el que menos. Contemplen lo que está ocurriendo en Cataluña, donde un delincuente forajido mueve a distancia los hilos del guiñol político más torpe de su historia, al tiempo que se celebra como una victoria la decisión del TSJC de mantener obligatorio en la enseñanza el uso ¡del 25 por ciento! del español, o desde la Abogacía del Estado se sugiere el indulto de los golpistas malversadores por considerar “reparada” la situación. ¿Una “nación” acéfala por decisión de un insignificante fugado? Verdaderamente estamos viendo en estos tiempos recios lo que no estaba en los escritos.

Pero volvamos a la meseta, como decía mi añorado Manolo Vázquez Montalbán, para ver como otro populista estrafalario entra y sale del Gobierno como si tuviera la llave en el bolsillo, para imponer a un Presidente irrelevante nada menos que ¡la formación del gabinete! y consagrar por su cuenta la vicepresidencia además de designar de un  plumazo a los ministros. ¿Hemos conocido alguna vez una situación tan psicodélica, hay memoria de un presidente del Gobierno tan “desapoderado” que depende como un cristobita de las manos del titiritero?

Si el atasco del magabuque en Suez nos ha descubierto la insospechada precariedad oculta del planeta globalizado, el sanchismo nos está enseñando a apreciar la suma contingencia de nuestras propias fatalidades: la paradoja de un Gobierno despótico en manos de un socio saprofito o, visto por el revés, un parásito ocasional haciendo de la soberanía de la nación mangas de capirotes. No hay en los anales de esta combatida democracia un ejemplo semejante de “autocracia vicaria” ni una escena política tan desconcertante como ésta en la que una secretario (sic) de Estado desautoriza a una ministra o un vicepresidente le dicta imperativamente al jefe del Gobierno los nombres de los ministros, al tiempo que mueve los hilos de la decisión desde la aparente intemperie de la calle. ¿Que es lo normal cuando el Presidente resulta ser un defraudador impune y un mentiroso sistemático además de un pelele en manos de un vice que se aburre en el trabajo político hasta el punto de renunciar al cargo conservando su influencia? Pues a la vista está que sí. Sánchez ha descubierto el presidencialismo enajenado, el poder mayúsculo pero sometido de un mayordomo supeditado al capricho de la servidumbre, la farsa de una autocracia que gobierna por decreto pero a la que el podemismo gestionan “on line” al tiempo que los etarras y golpistas catalanes mantienen atada de pies y manos.

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