Gran revuelo ha organizado la noticia de que el ministro Marlasca, responsable operativo de la grave crisis catalana, cenó en un restaurante del desinhibido barrio madrileño de Chueca mientras Barcelona ardía y sus agentes se jugaban el pellejo frente al terrorismo “indepe”. ¡Pues no es para tanto!, dicen en el entorno del ministro, en cuya versión esa cena de amigos no era sino una “cena de trabajo” con sus colaboradores. Un ministro tiene que cenar a alguna hora como cualquier contribuyente, cierto, aunque ello no absuelva a Marlasca, sobre todo en la opinión de los expuestos policías. ¿No sería más lógico cenar discretamente en el mismo Ministerio atento con el teléfono abierto a la dura crónica que seguro que estarían enviándole sin cesar desde la ciudad en llamas?

Bueno, no es para tanto, si quieren, pero enseguida se nos viene a la mente la imagen del segundo presidente del Poder Ejecutivo (nunca hubo, formalmente, un Presidente) de la I República, aquel “santo laico” que cuentan que fue don Francisco Pi i Margall, que vivió tan frugalmente toda su vida y –casi como aquel canónigo toledano que, según reza su epitafio, “vixit pauper, pauperrimus obiit”—murió, en efecto, en la modestia más severa si es que no en la pobreza real. Hay un retrato suyo en la obra de Galdós en el que el Presidente de aquella convulsa España aparece almorzando en su despacho –“sobre su propia mesa de trabajo”, escribe el maestro— un menú repetido que consistía en el clásico filete con patatas, una ración de queso Gruyère y una caña que, un día tras otro, le servía un camarero de la cercana Cervecería Santa Bárbara al que puntualmente (no es coña, palabra) pagaba de su bolsillo. ¿Habrá leído Marlasca a Galdós? ¿Y a Pi, conocerá el ministro la obra –tan actual, después de todo– de su sabio antecesor en el cargo, habrá ojeado siquiera su biografía?

Bueno (otra vez), la verdad es que los tiempos han cambiado y con ellos la estimativa pública (¡y la privada!), y que hoy nadie se extraña viendo a un ministro hacer de su capa un sayo, ni siquiera viendo cómo el secretario, al final de la cena, firma la factura para que vayan a cobrarla al Ministerio. Pero verlo al tiempo que sus policías insomnes, atento a las hogueras terroristas, soportan insultos, pedradas y hasta rociadas de ácido, es ya, sin duda posible, otro cantar. Pi, el pobre, entregó su cartera ministerial y volvió a su modesto piso, con tal de no violentar su conciencia firmando unas sentencias de muerte. Si se enteran de esa proeza Marlasca o su mentor, lo que arde es Troya.

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