La amenaza de la pandemia gripal nos ha devuelto la ilusión de que el lugar más seguro es siempre la casa. La calle es la intemperie, el espacio expuesto, la geografía del riesgo, mientras que la casa acogedora representa el refugio seguro, placentario, el “castillo interior” se me permiten la bella expresión teresiana, en cuyo ámbito nos sentimos protegidos frente al peligro, al menos imaginariamente. Hay por ahí muchedumbres que se están haciendo a la idea de un otoño casero como una suerte de penitencia tras el verano loco, como medio de evitar el contagio que se anuncia por tierra, mar y aire, y como si hubiera alguna garantía territorial frente a la ubicuidad de un virus que ha sido capaz, en un tiempo récord, de colonizar el planeta entero. Pues bien, ni eso parece que vaya a ser la solución, al menos si hemos de fiarnos de esos estudios científicos que aseguran que el aire que respiramos en el interior del domicilio es nada menos que cinco o diez veces más infecto que el de la calle, paradójica tesis que se apoya en la demostración de que nuestro actual modo de vida compromete la salud ambiental a causa de unas cien mil sustancias químicas de las que un buen número se aloja entre nuestras paredes y de las que apenas conocemos un mísero uno por ciento. Muebles, alfombras (moquetas sobre todo), materiales de limpieza u objetos de decoración, la propia atmósfera doméstica, resulta que son auténticos veneros de microorganismos agresivos o moléculas peligrosas, sin contar con que los propios materiales de construcción emitirían al ambiente numerosas sustancias que la OMS tiene acreditadas como cancerígenas. A ver qué hacemos este otoño, pues, si en la calle nos acecha la pandemia y en casa nos amenaza esa cuadrilla de enemigos íntimos.

 

Me parece que la vaguedad de las opiniones y consejos de la autoridad está contribuyendo a crear en torno al peligro que viene un halo de ambigüedad que va a costar Dios y ayuda despejar cuando llegue el momento crítico. Y me pregunto si tanta profiláctica propaganda, al exacerbar la prevención psicológica, no acabará contribuyendo a descolocar a un individuo que se va quedando progresivamente sin territorio sobre el que aguantar el tirón. Probablemente –Dios lo quiera– la pandemia anunciada no pasará de ser uno más de los grandes sustos que la sociedad medial parece necesitar para subsistir, pero de momento ya sabemos también que, cuando pase, dentro de nuestro propio cubil seguirán acechándonos otras amenazas no menos inquietantes.

Quién sabe si acabaremos todos acampados bajo las estrellas. No se le escapó a Le Corbusier que el urbanismo moderno –nuestra civilización y sus problemas—podría devolverle a la especie su impronta natural.

7 Comentarios

  1. Se queda usted corto, señor casero, con lo de un halo de ambigüedad. Mucho más que eso. Se está creando una psicosis colectiva, una paranoia, que es el ambiente menos propicio para afrontar una situación que como bien asegura luego, es muy probable que sea menos dramática, mucho menos dramática que lo anunciado.

    El método es el mismo que por desgracia se adopta en medicina en muchas situaciones, la defensiva. Si se ha dañado un calcáneo se avisa al paciente y a la familia de que la cosa es grave y se corre el riesgo de tener que amputar ambas piernas. Luego resulta que si por un pésimo diagnóstico y tratamiento hay que amputar ese pie, todo el mundo va a aplaudir al médico por haber salvado el otro, u otros jeje, miembro.

    Incluso es probable que la Margaret Chan y su consejo ejecutivo estén adoptando esa postura. He conocido de cerca a una alto cargo europeo de la OMS y les puedo asegurar que es tan chufla como lo pueda ser cualquiera de los pésimos gestores de nuestra sanidad española y andaluza. Claro que la ministra Trinidad es gran un peligro ya en sí misma, tanto o más que el H1N1.

    Sea como sea, algunos de los consejos que ha publicado el ministerio de la cosa son de puro chiste. Casi como aquellos de que los españoles habían de ser justos y benéficos. La prevención en este tipo de pandemias es imposible pues las vías de contagio y transmisión se pueden considerar cuasi infinitas.

    Hoy se publica en un diario del norte la peripecia que atraviesa un escritor desde que le hacen ‘sospechoso’ de ser portador del virus mientras sufre un resfriadillo banal hasta que días después de estar en cuarentena dentro de su propia casa le comunican que el resultado de las pruebas sobre la gripe A es negativo. Del negocio y el mercado negro que se avecina, tanto de vacunas como de antivirales, ni les cuento.

    En cuanto a lo de las sustancias ‘cancerígenas’ que nos rodean en el hogar, dulce hogar, siempre pongo el ejemplo del ratón de campo al que si sueltan en una avenida de la gran ciudad muere en minutos de edema pulmonar agudo. Y viceversa, a las ratas domésticas no se las mata ya ni con arcabuzazos. El riesgo de muerte lo contraemos por el mero hecho de nacer. Una tragedia para cada uno y algo intrascendente para humanidad.

  2. Cuánta razón tiene D. Yamayor. Como en casa de una no se está en ninguna parte pero tampoco voy a dejar de salir cuando me plazca y a vivir que son dos días.
    Éstos lo que quieren es atolondrarnos más de lo que estamos con tanto acojone y de paso que nos gastemos los pocos cuartos que nos queda. Si por ellos fuera deberíamos pasarnos las 24 horas en esos centros comerciales que pululan como setas, consumiendo como zombis para espabilar nuestra economía, aunque a ésta no la reanima ni el Dr. Gannon.
    De todas maneras no se que es peor, que venga el otoño con el dichoso virus o que siga esta calor inhumana.
    (Oich, acampando bajo las estrellas, qué recuerdos jiperos le traen a una)

  3. Ojalá ese miedo se quede en metáfora macabra de nuestro desvalimiento original (Seligman). No hay mejor remedio que guardar la calma y obrar con intelegencia, algo que en nuestra sociedad empieza a parecer rara avis.

  4. Muy en su punto don Yamayor.

    Parece que el tema de hoy interesa poco a la parroquia y es lógico porque nos traen fritos entre información y desinformación.
    Hoy mismo la ministra del ramo, según ese periódico, no sabe ni siquiera si se encuentra en alguno de los grupos de riesgo.

    Yo paso de todo. Si me toca me tocó, si me tengo que vacunar me vacuno y lo que tenga que pasar que pase.

  5. Don griyo, qué gusto leerle! y parece que se citaron hoy, mis contertulios (asi) preferidos.
    Un beso a todos.

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