Sostuvo hace años el eminente historiador don José María Jover que dos eran los ámbitos que inquietaban al ciudadano medio en una sociedad mesocrática como la que en España –según estableció Andrés Borrego–  germina en el XIX para alcanzar su plenitud bajo la dictadura franquista: la casa y la calle. Un pueblo compuesto por vastas clases medias aspira sobre todo a vivir en paz dentro y fuera, en la casa y en la calle, protegido por un Estado patricio que garantiza la propiedad privada y el orden público. Hoy estamos viviendo justamente la voladura controlada de ese confortable binomio, como comprobamos diariamente en un telediario que nos muestra día tras día la imagen del insurgente y el perfil del okupa (prescindamos ya de las comillas), en uno y otro caso indiferentes ante la autoridad y rebeldes ante la Ley. De poco valen ya la fe notarial o el título en el Registro, desactivados ambos -de facto– por el efecto disolvente de unas ideologías tan vagas como vitriólicas pero aliadas del pancismo que domina nuestra vida pública.

Es verdad que el reciente caso del ciudadano catalán demandado por “recuperar” su propia casa de manos de unos ocupantes morosos no merece la k de “okupa”, siendo éstos como son, sin más, desahuciables no desahuciados por una Justicia fallida. Pero más cierto es que el negocio del allanamiento se ha convertido en una auténtca industria de la que vive una legión de gestores malandrines y simples asaltantes. Al mismísimo alcalde de Marinaleda –máximo experto en “okupaciones”– le ha estallado en las manos ese explosivo del que, va ya para medio siglo, él viene sirviéndose para franquear fincas, allanar casas y hasta saquear  supermercados, al instalársele en la Casa Consistorial una familia agraviada. ¿Y que creen que, incontineti, ha hecho don Juan Manuel? Pues enviar para desalojarla a la Guardia Civil e incluso amenazar, según parece, con avisar a los “boinas verdes”. A la artillería, de momento, parece que ha renunciado.

¡Ni la casa ni la calle! Al pálido habitante de nuestra desvalida clase media, “papá Estado” sólo le ofrece hoy un recurso judicial inutilizado, desde su origen, por su garantizada pachorra. ¿Se acuerdan del “Romance sonámbulo” de Lorca? “…porque yo no soy yo/ ni mi casa es ya mi casa…”: el poeta no podía ni soñar que esos dos versos trágicos acabarian convertidos en la dramática imagen de nuestro rotundo fracaso social. Mientras nuestros bienpagados políticos porfían entre ellos sobre si la actual normativa resulta suficiente o es necesario endurecerla frente al soberano desafío, miles de españoles desesperan suspirando ante su casa arrebatada, cuando no pierden el sueño reinando con los malevos.- que la amenazan en su ausencia. No todos, sin embargo, pierden en esta timba: ahí tienen, si ir más lejos, a esa alcaldesa de Barcelona cuyo único título conocido lo acredita la crónica policial que tuvo que bregar con ella mientras hacía méritos políticos  forcejeando demagógicamente con el Código Civil.

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