La casa que compró Juan Eslava cuando andaba enzarzado –un pie en Sevilla, otro en Barcelona, el tercero en Jaén—en una de sus reconstrucciones biográficas, estaba a dos pasos de la Alameda, en la calle Leonor Dávila, y tenía tres pisos y agua corriente en todas sus habitaciones, algo no poco insólito en una casa de los años 30. Juan me llevaba por aquel laberinto –escaleras arriba y abajo entre montoneras de libros apilados— instruyéndome al paso en la procelosa historia de aquel inmueble post-romántico que había sido en tiempos lugar de cita y lenocinio aparte de nido secreto de encuentros prohibidos. El del fundador del fascismo español, sin ir más lejos, amante furtivo acaso de cierta aristócrata sevillana, o el de más de una voz con corona, como las que, al paso del carruaje, oía Rafael de León. Juan hacía de Virgilio –anábasis arriba, catábasis abajo– mostrándonos las placas y azulejos conmemorativos de remotos idilios que él mismo hizo poner cuarto por cuarto, aquel rol minucioso que memoraba la presencia perdida o la íntima efemérides –“En esta habitación perdió su virginidad el celebrado poeta (…) una tarde de marzo”…, por ejemplo– a la dudosa luz antigua que filtraba la claraboya del patio.

Ahora Juan ha vendido ese templo, temeroso del asalto okupa, víctima, como tantos ciudadanos, de la indefensión en que el hipergarantismo papanata que nos aflige ha sumido al legítimo propietario, inerme frente al bucanero y el piquete underground que alborota la acera bajo la efigie perroflauta de la alcaldesa Colau. Recobra su vigencia el pseudoaxioma de Proudhom –“la propiedad es un robo”— como si con siglo y medio de desencantos no bastara, y la sombra de Malatesta siguiera vagando por nuestros barrios y cortijos con Kropotkin y Cánovas pisándole los talones.

Me dice Eslava que ya no se puede ni salir de casa porque, al volver del paseo, puedes encontrarte la cerradura cambiada y al invasor reconvertido en amo con el juez de su parte y el alguacil de por medio. ¡Aquella casa clara, de amores prohibidos y oscuros tapadillos, que ya en tiempos de la primera Expo lucía orgullosa en cada celda el bidé con agua caliente! ¿Pero quién sería la dama secreta del Ausente, qué arrobados murmullos guardarán fantasmales aquellas cuatro paredes, qué habrá sido del poeta iniciado y de su idealizada hetaira, dónde habrán ido a parar los libros que por doquier apilaba el lector insaciable en aquella mancebía rescatada con tanta ilusión cuando aún podíamos guardar la llave de casa en el bolsillo ajenos a los trajines de Monipodio?

Por ahí circula un “manual de okupación”, funcionan “oficinas” de lo mismo y hasta se anuncian “talleres prácticos” en los que aprender la técnica de la apropiación directa mientras la autoridad se rasca el colodrillo, perpleja entre el derecho del amo y el hecho del okupa. ¿Es la propiedad un robo? Juan, que no quiere pleitos con ácratas, ha cortado por lo sano y ha vendido su casa.

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