En este inicio del invierno frío en que se celebra en Inglaterra el memorial de Isabel II y la jubilación de su hijo Carlos, el del “tampax”, muchas miradas españolas escrutan, junto a la cara digna de la Reina y a la cara dura del yerno, el rostro del Príncipe de Asturias cuyo gesto y voz tanto adelantan para apuntalar la institución. El Rey borbonea con los periodistas, que es lo suyo, y permite que al pueblo se le ofrezca a diario la imagen de su osamenta para estimular a los felipistas tanto como a los republicanos, que si el fémur, que si el íleon, que si el isquión, que si el cotilo y el vástago…, como si nos pusieran por delante el viejo cuarteto del gran Manolo Alcántara, “¡Que vocación de muerto en mi esqueleto!/ En el cliché de la radiografía/ he visto al que seré, quién sabe el día,/ el día en que Dios me ponga el veto”. La monarquía se está quedando en los huesos, parece evidente, aunque su esencia, la virtud que los polítologos destacan desde Platón, a saber, la continuidad, vaya reparando la imagen con carne nueva, igual que les ocurre a los cangrejos de la Isla cuando les crece otra “boca” para reemplazar a la arrancada. ¿O es que no han notado ustedes cómo adelanta el heredero día a día, como deja ennoblecer su barba joven con las nieves del nuevo tiempo, y como habla sin papeles junto a esa compañera (suya y nuestra) que tanto hilo da a la rueca de una alcahuetería empeñada en maldecir su esbeltez con la leyenda de la anorexia, zafia y malévola versión del romance de la reina Mercedes?

 

Es bueno, es positivo, el pueblo llano sepa que el Rey tiene pelvis y que sus caderas se resienten como la de cualquier hijo de vecino, para acabar retratada en los periódicos tal como hace poco veíamos los añejos del rey Ramiro, el de la podadera, tal como un día reposarán, acogidos a sagrado en el panteón de El Escorial, tan lejos ya de intrigas y cacerías, de yernos fallidos y nietos traviesos, de ambiciones y esperanzas, de lealtades y traiciones, que de todo hubo en esa viña biográfica. Esa canina rima con ruina, con la nuestra, la de este pueblo imprevisible que lo mismo lo aclama que le quita el reloj en una bulla, no con la “real”, por lo que dice “Forbes”, aunque esta vez la foto se haya adelantado al pudridero y los pronósticos sean buenos. Un amigo mío, repúblico de la cáscara más amarga, lo resume protocolariamente diciendo “El Rey no ha muerto. ¡Viva el Príncipe!”. Menos mal que la prima de riesgo sigue bajando.

8 Comentarios

  1. El humor es lo último que se pierde. Gran columna, divertida y “gráfica”, con ese grito final que es de traca. Supongo que alguna mano piadosa la hará llegar a la Zarzuela.

  2. Me quito mi gorrillo de lana de andar por casa: loa y honor al maestro Alcántara que nos dejó aquello de “Cuando termine la muerte, si dicen a levantarse, a mí que no me despierten.” Tantas veces compré el “Sur” solo por leer su columna, sagrada, murmuriante, olorosa a sus dedos de nicotina y yintoni.

    Un colega mío, poco monárquico por cierto, me dijo que la demostración de que el ciudadano1 chochea es que casi se mata por un ch**ho.

  3. En serio y en broma, que no hay mejor excipiente para la gravedad que el tono bromista. Los versos de Alcántara traídos al pelo, la ironía sobre el papel del Príncipe, muy bien apuntada, la frase del amigo “de la cáscara más amarga” (que me malicio quién es), espléndida. Se dice mucho en esta cuartilla que parece inofensiva, mucho y grave. Y con tacto, que es lo mejor.
    Una pregunta a nuestro Epi: ¿por quién se quita el gorrillo, por Alcántara o por jagm? Es broma, por supuesto.

  4. De lo más ingenioso de los últimos tiempos. Y con su “segunda intención” más clara que el agua pero del todo “inocente”. No le van a querer a usted los juancarlistas pero sí los otros, los de don Felipe y Letizia, con zeta.

  5. Pero este tío en monárquico, o republicano, o comunista o qué. Un día escribe de Marx y lo pone por las nubes y otros del papa o del Rey. Cacao maravillao me parece a mi.

  6. Ya está aquí otra vez este señor. El fascismo español ha sido siempre antiborbónico y don jagm le ha pisado un callo a uno de sus militantes.
    A mí, sin embargo, me parece muy coherente la actitud de jagm ante la Monarquía, explicitada ya en numerosas ocasiones, y a veces en críticas durísimas. Quien me antecede en el comentario debe ser uno de aquellos que cantaban “El que quiera una corona, que se la haga de cartón…”. ¿Me equivoco?

  7. Ni caso, hombre. Me que do con el buen rato que pasé esta mañana desayunando y leyendo al tiempo esta divertida columna, con tanta retrancay tan fino estilo.

  8. Tronchante, con guasa incluida. Más me he divertido aún reencontrando a ese descebrado que más arrina trata de lo de siempre.

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