Quién sabe si el insólito golpe parlamentario que ha dejado al PP fuera de juego y al país con la boca abierta, pudiera tener, de rebote, un efecto democratizador: el de resaltar el papel del Senado, esa Cámara Alta y hasta la fecha inútil, en la que los conservadores cuentan con mayoría absoluta y, en consecuencia, en la que reside la capacidad de discrepar de las decisiones del Congreso. De eso se habla con pasión en el mentidero político desde que se lanzó la idea de un posible rechazo del leonino acuerdo alcanzado en última instancia con el PNV para aprobar la ley de Presupuestos, es decir, para frenar, al menos de momento, el enésimo mangazo de los soberanistas vascos, estimado alrededor de los 500 millones de euros. ¿Puede (o debe) la mayoría conservadora en el Senado corregir sus propios Presupuestos para impedir a los trileros arramblar con el collar además de llevarse perro?

Tengo que reconocer de entrada que semejante maniobra parlamentaria supondría una contradicción sumamente difícil de explicar y con un pésimo encaje en la lógica del espectador. Pero enseguida debo decir también que la idea de impedir que los romanos y Viriato paguen a dos manos a los sicarios no carece por completo de sentido. Cierto que nuestro extravagante (des)Gobierno podría encontrar el modo de compensar por otra vía a los traidores, pero entonces quedaría demasiado visible el tejemaneje en el que se asienta, y entiendo que ese riesgo electoral, muy probablemente, resultaría prohibitivo. En definitiva, lo que digo es que semejante contrapeso del Senado pudiera alterar las previsiones de gobierno de los galácticos compinchados, en la medida en que, al fin, un Gobierno procedente de la sinrazón democrática no tendría otro remedio, para sostenerse en pie, que tascar el freno a la hora de satisfacer las exigencias de la caterva que lo sostiene, y hasta sería posible que la convocatoria de las imprescindibles elecciones frustrara el insensato proyecto de agotar la legislatura que puede olerse a la legua.

En otras palabras, revisar el acuerdo congresual del chollo vasco será todo lo cuestionable que se quiera, pero también es verdad que, con un Senado realmente fiscalizador, el “Gobierno de los 23” se vería entrillado entre su propia voracidad y la de sus insaciables y peligrosos socios, con lo que aquel dejaría de ser esa Cámara superflua que, aparte de autorizar la aplicación del famoso 155, sólo era célebre hasta ahora por las groserías de Cela y por la bizarra ocurrencia de haberse gastado una millonada en construir, ¡en medio del balneario! una piscina climatizada para sus Señorías. La política puede ser así de retorcida, de acuerdo, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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