Alejandro Rojas-Marcos me reprocha que en mi columna de hace unos días sobre los visitantes de Gadafi sólo lo mencionara a él. Lleva toda la razón en que sé perfectamente, sin necesidad de que él me refresque la memoria, que al entonces admirado líder y hoy detractadísimo enemigo público lo fueron a ver –la más de las veces con la mano tendida… y abierta—desde don Juan de Borbón hasta don Enrique Tierno pasando por altos militares y los líderes de la socialdemocracia emergente González y Guerra, así como otros dirigentes nacionalistas, pero de todas esas aventuras yo me he quedado siempre con la de Alejandro que es, para mí, la más simpática de todas. Se equivoca Alejandro si cree que ignoro que los personajes más admirados pueden derivar en miserables sin comprometer por ello, en absoluto, a quienes en otros tiempos con ellos tuvieron relación o incluso amistad. Yo mismo aproveché su brillante alcaldía para ver de cerca a Fidel Castro y eso no me convierte en castrista ni en conculcador de mi conciencia democrática, porque evidentemente la gente cambia con el tiempo y a uno no le es posible, por lo general, adelantarse a esas mudanzas. Cuando Alejandro visitó a Gadafi en busca de apoyo financiero y político, aquí había auténticas excursiones masivas a la Rumania de Ceaucescu y adhesiones entusiastas no sólo a Israel, que me lo explico, sino al sionismo menos justificable como el Chavra y Chatila, como las había para recoger maletas del potentado sindicalismo alemán o valijas de “Flic y Floc”. Es más, no sé si me notaba, pero creo que ese recuerdo mío rezumaba admirativo afecto y ninguna malevolencia, a diferencia de lo que hubiera resultado de ocuparme de otras visitas. Bastantes e injustos enemigos ha tenido siempre Rojas-Marcos, sobre todo en su propio pretorio, como para que yo me sumara al acoso del que suelo aludir como el mejor y más granado político que ha roto en la Andalucía democrática. Ni loco.

 

En la política, como en la vida, lo que ayer fue respetable puede ser repugnante hoy, pero en modo alguno eso supone que todo lo que al ayer toca comparta con él ni sus virtudes ni sus defectos. Es más, por no salir del caso y ya que se tercia, diré que siempre he tenido el relativo fracaso de Alejandro en nuestra autonomía como una de nuestras desgracias mayúsculas. Y su visita a Gadafi –vistas las cosas en perspectiva correcta—no me haría mudar de opinión por más que, más de una vez, haya clamado contra los que creo sus errores. No es confiar en aquella cabra lo que yo le reprocharía a Alejandro sino el haber permitido a tanto cabrón aprovecharse de él.

4 Comentarios

  1. No tendría que haberse molestado en nesta demostración de objetividad, sino no haber hecho el menor caso de la protesta del descontento. Si ahora les molesta la imagen de sus relaicones con la cabra de Gadafi, allá penas. No fuimos usted ni yo quienes viajamos a la jaima. Fueron ellos.

  2. Hay que ver la facilidad de este personal para lavarse las manos como Pilatos. Hoy le toca a Gadafi el repudio, mañana le tocará a otros y ya verán ustedes como los mismos de siemrpe se quejan de que les recuerden sus pasadas relaciones con los malos.

  3. Estoy de acuerdo con don Heródoto, por más que , como dice don José António una visita no es un cheque en blanco ni tampoco significa que se transforma uno “en conculcador de su conciencia democrática” .

    Besos a todos.

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