Llámenle corrupción, agio, peculado o como gusten, lo cierto es que no hay modo ya de defender al carácter aislado de la corrupción . Tomen el caso Dívar, por ejemplo, un presidente de consenso, que llegó precedido de una rara fama de integridad moral, y habrán de convenir que –al margen de que la saña ande de por medio—no tiene pase que quien encabeza la Justicia de la nación y, además, preside a los jueces y magistrados, se vea en el trance en que, por cuatro perras gordas, se ha visto este hombre. Uno anda convencido de que si se examinaran con lupa todos los cargos públicos la relación de deslices mayores o menores sería interminable, conclusión que no tiene por qué afligir a los políticos honrados, pero que si alguna vez pudo resultar controvertible, desde ahora no habrá quién la discuta. ¿Por qué es tan frágil la condición humana, por qué personas demostradamente íntegras sucumben a la tentación de aprovecharse del cargo a costa del contribuyente, en qué cabeza cabe que un Presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo se deje llevar y acepte el envite en esta inmensa timba? Por curiosa casualidad, el Presidente del Tribunal Supremo de Pakistán, Iftikhar Chaudry, anda revuelto en un trance semejante al de Dívar, al parecer, por haber hecho la vista gorda ante el cohecho de un hijo suyo que se comprometió con un millonario a allanarle sus cuitas judiciales. Es posible que de todos los males que acosan a la democracia sea la corrupción el más comprometedor y el que resulta más atentatorio a su legitimidad. La idea de una vida pública correcta difícilmente entra ya en cabeza humana y no es difícil comprender el escepticismo del ciudadano a la vista de escándalos como los que estamos viendo. Si se tiene que ir por el foro el presidente del Tribunal Supremo, ya me dirán que confianza cabe depositar en los escalones descendientes del sistema público por parte de los ciudadanos.

Un cínico diría, por lo demás, que ya que se corrompe uno, al menos que el manguis merezca la pena, y un historiador, que en todos los tiempos hubo corrupción en al ámbito del Poder. Y qué. Quien se pudre moralmente por unas lentejas no es ni más ni menos despreciable que el que con el agio logra hacer una fortuna. La cantidad no engendra la cualidad, ¿recuerdan?, razón por la que los abusos, tan desvergonzados como ridículos, de un Dívar resultan, si cabe, más despreciables que los graves cohechos que llevamos vistos. El pescado no se pudre siempre por la cabeza, como asegura el viejo refrán.  Dívar es la prueba de que puede terminar de pudrirse por ella.

4 Comentarios

  1. Ojo, que parece que el perseguido no era el único en viajar a costa del erario. Lo que sí era, dicen con insistencia, era homoxesual. O sea que se aplaude cuando conviene la inversión y se la denuncia cuando no conviene. Esta es una sociedad farisea y la porgresía doblemente.

  2. no tengro otra palabra de “ingdinante”. El caso y lo que lo rodea. Sugiero a gm que se enere a fondo y nos de su opinión sobre la campaña en marcha.

  3. Creo este señor , el Presidente en apuros, no está en sus cabales, y además que está siendo objeto de una larga mnano que probablemente corresponda al brazo de otro juez anteriormente expulsado.

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