Me consuela de las cargas que me dieron mis contertulios cuando se me ocurrió augurar que tras la burbuja inmobiliaria vendría la de las Cajas, después de ésta la del fútbol y a continuación la creada por el despiporre de los Ayuntamientos, enterarme de que “el mejor club del mundo”, ése que precisamente dice ser “més que un club”, no sólo no ha coronado su balance con el superávit que declararon sus anteriores mandatarios sino que mantiene amarrada una perra de 552 millones de euros. Al Mallorca mismo lo traen arrastrado desde Europa al impedirle participar en la codiciada  Champion League debido a su insostenible situación financiera, como si el balance debiera pesar tanto o más que los goles a la hora de valorar el mérito deportivo, y sin que existan demasiadas posibilidades de salvarlo, pasadas ya, enhorabuena, aquella etapa en que el Estado enjugaba periódicamente –como en un forzoso ejercicio de evergetismo—la deuda contraída por los directivos. Dicen los expertos, por lo demás, que no son esos clubs solamente –en el caso del Barça y otros grandes esos reveses tendrían fácil arreglo—quienes se hallan en apuros, sino la práctica totalidad de los equipos españoles. El deporte se ha inflado en el negocio, ha desmesurado sus posibilidades más allá incluso de las enormes que hoy permite el merchandising extradeportivo, entre mimético y fetichista,  que hoy no conoce ya fronteras, y ha magnificado sus posibilidades con sus fabulosos ingresos extraordinarios aunque siempre inferiores a sus despilfarros. También se asegura que no es posible determinar con rigor en este momento el montante de esa deuda masiva que, en caso de implosión, se convertiría en un espinoso asunto de Estado. No estoy muy seguro de si aquí está todo el mundo loco, pero es más que probable que acabe estándolo.

 

Nos hemos hecho el cuerpo a aceptar como normales contratos astronómicos de los justamente llamados “galácticos”, a que de esas fortunas se queden con tajadas millonarias unos trujimanes que negocian con sus “figuras” como si fueran valiosas pero simples mercancías, y hasta que algo se quede también de ese pastel en la uña de algún directivo. Con el resultado de la burbuja pronosticada –que está ya ahí bien visible en la “quiebra técnica” del club más grande del momento y las gurumías que andan pasando las entidades modestas– y con la perspectiva de que el erario público tenga que acabar pechando con el desaguisado en caso de producirse el probable desastre. No soy capaz de imaginarme cómo podríamos estar en el caso de habernos ahorrado el socorro público pinchando a tiempo esas burbujas que entre todos hemos contribuido a inflar.

3 Comentarios

  1. Si no fuera porque , según lo que dice aquí el maestro, si eso pasa tendrán que pechar los españolitos todos, pues a mí la cosa me parecería de perlas!Que se hunden los clubes, el futbol, los fulbolistas, los campos de fútbol y todo lo que tenga , de cerca o de lejos , relación con el balón pié, me encantaría!
    Un beso a todos.

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