Todo lo que vamos conociendo sobre la situación económica de nuestros Ayuntamientos es desolador. Hay deudas, como la jerezana, propia de una metrópoli en transformación radical, las hay, como la de algunos pueblos, enormes en relación con sus modestos Presupuestos. Los salientes han tirado el dinero, como han querido, han desviado fondos de aquí para allá, han dejado de justificar obras o de recibir ayudas a causa de sus descubiertos con la Seguridad Social, acumulan facturas que deberían conocer los ciudadanos y, sobre todo, por si acaso, los jueces. Y todo el mundo se pregunta cómo se puede gestionar impunemente de esa manera, yéndose de rositas o incluso ascendidos los perpetradores de la ruina. El PP se está pasando de discreto, tal vez, al manejar esa dinamita sobre la que los sufridos administrados deberían estar al cabo de la calle y sus causantes investigados por la Ley.

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