Quizá no haya mejor observatorio de nuestras relaciones con Marruecos que esta Andalucía políticamente erigida en mascarón de proa de una alianza tan inobjetable en principio como discutible en su realidad. Es en nuestras costas donde aparecen los ahogados de las pateras que operan desde el país vecino, en muchas ocasiones como instrumento de presión para uso diplomático. Es en nuestros campos donde los labriegos lamentan una competencia imposible con un productor libre de compromisos laborales y que, por lo demás, negocia a dos bandas en Madrid y en Marruecos. Es en nuestros puertos donde amarra la flota privada de sus inmemoriales caladeros, víctima de una industria pesquera rival que, en grandísima medida, es propiedad de la oligarquía que sustenta a la dictadura alauíta pero, sobre todo, del vasto círculo real.
La histórica tensión entre España y el antiguo protectorado no ha cedido un ápice porque Andalucía –por razones partidsitas que nada tienen que ver, obviamente, con el sentir popular–  se ande quitando de la boca, cientos, miles de millones para invertir a fondo perdido en obras sociales no siempre justificadas ni razonables y, en alguna ocasión, incluso participadas por personajes tan dudosos como algún reciente convicto rehabilitado por su régimen. Y el argumento es, cómo no, la consabida martingala de la ayuda al Tercer Mundo como si no supiéramos de carrerilla que no hay un céntimo que recale en Marruecos que no vaya a manos de una clase dirigente que es todo menos de fiar.
Claro está que no es Andalucía quien decide esta política de amistad a toda costa, que ha sobrevivido incluso al grave síncope de un 11-M perpetrado, según dicen, por inmigrantes en su mayoría marroquíes y cuyas relaciones con algunas instituciones de su país han podido comprobarse en no pocos casos. Quien ideó y mantiene esa estrategia es el “régimen” andaluz, encabezado por el propio Chávez, ese marroquí vocacional que en su dia hizo de introductor de ZP en aquella corte incluso a espaldas del Gobierno legítimo de la nación. Es notable el volumen de las inversiones andaluzas en Marruecos y notorio el papel desempeñado por personajes de nuestra política que, tal vez para no perder tiempo, suelen tener ya casa abierta en el país vecino, como lo es el desmesurado empeño de nuestra autonomía en congraciarse con un país que honra a título personal a nuestros muníficos dirigentes pero en modo alguno pasa por alto la más leve formalidad a la hora de aplicarnos las generales de la ley lo mismo si se trata de favorecer nuestros intereses económicos que si lo cuestionado es nuestr propia seguridad.
La reciente visita del Rey a nuestras ciudades africanas, en todo caso, han dejado clara la debilidad de unas relaciones que, lejos de ablandarse ante el trato preferente e incluso la bicoca, nos aprietan la tuerca con la indiferente insolencia que permite a sus gestores su condición de aliados de Occidente, y en particular de los EEUU y de Francia, cuyos intereses estratégicos tradicionales se ven reforzados hoy por el argumento de la potencial peligrosidad de un éxito popular del islamismo extremista a veinte kilómetros de nuestra orilla. Entre España y Marruecos hay, en efecto, un conflicto permanente, del que, con su probada solvencia, va a ocuparse hoy en esta tribuna el profesor Fanjul, un conocerlo de excepción de de cuanto se relaciona con ese mundo emergente con el que, ciertamente, sería grato aliarse de manera civilizada, como proponen algunos siguiendo al clérigo Jatami, pero con el que apenas hay posibilidad de entenderse en el plano de los derechos fundamentales que Occidente defiende desde hace siglos. Difícil resulta imaginar una convivencia abierta con Marruecos mientras ese país no acepte la igualdad legal entre hombres y mujeres, las libertades estén a merced del capricho regio y la corrupción siga sendo proverbial en todos los niveles de su sociedad. En Andalucía vemos ese espectáculo más de cerca que nadie y, además, lo pagamos con nuestros escasos recursos. Hoy esperamos que Fanjul nos asome a tan inquietante realidad con una  perspectiva más amplia pero me atrevería a vaticinar que, seguramente, sin mayor optimismo.

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