La feliz conclusión del drama tailandés –la formidable liberación de los niños atrapados en la cueva inundada cuando huían del monzón— ha puesto broche de oro a una inesperada exhibición de solidaridad que honra a esta Humanidad en caída libre. Aún quedaba, por lo visto, una reserva de sentido humano bajo la densa capa de insensibilidad que por todas partes se percibe, y la imagen de esos inocentes sepultados en vida ha bastado para conmover al gentío en todos los continentes, tanto como su recuperación ha ensanchado con un hondo suspiro de alivio el pecho de los pueblos más diversos. Está visto que en una sociedad medial no hay como la televisión para movilizar las conciencias y redescubrir el instinto comunitario, como está comprobado que no existe nada tan eficaz como el espectáculo a la hora de mover las voluntades. ¿O no se han fijado en que la temible cifra de niños ahogados en el Mediterráneo durante estos últimos años apenas provoca ya un pasajero estremecimiento en el mismo espectador que se ha volcado, sentimental y prácticamente, en ayuda de los niños tailandeses?
La imagen del niño sirio ahogado en una playa turca o la de un africano encontrado en la costa gaditana han sido capaces de movilizar enérgicamente a la misma opinión pública que permanece casi indiferente ante la noticia gastada de los cientos de niños trágicamente perdidos durante la odisea migratoria de sus padres. En el circo de tres pistas que es la conciencia colectiva, el espectáculo es la condición para que siquiera una de esas tragedias merezca atención y ayuda. Lo acabamos de ver: decenas de niños ahogados durante los últimos meses han merecido apenas un pésame circunstancial mientras que, sensibilizada por la llamada televisiva, una muchedumbre mundial se ha visto levantada en vilo por las imágenes en directo de la tragedia. Está visto y comprobado que no hay mejor ni más fulminante activador de la fraternidad que el telediario.
Ya pasó, en todo caso, están a buen recaudo los niños perdidos y la “buena conciencia” mundial se despereza satisfecha sin que el trajín de los desdichados de las balsas y pateras haya dejado de entregar al abismo sus víctimas propiciatorias. Acabamos de comprobarlo una vez más: doce vidas infantiles en peligro, convertidas en involuntarias actrices de la tragedia, han conseguido lo que esa desdichada muchedumbre, expuesta día tras día a la clamorosa fatalidad, no logrará arrancar nunca a nuestra embotada conciencia de espectadores. Y todos contentos. La función ha terminado y el final ha sido feliz. La otra tragedia –la invisible que, una noche sí y otra también, se reproduce en el anonimato forzado— queda y seguirá quedando fuera de foco. Quizá el mundo feliz no resistiría otra cosa y nuestra confortable vida de televidentes, tampoco.

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