Una apretada multitud abucheó el 14 de Julio al presidente Hollande mientras recorría los Campos Elíseos con motivo del desfile tradicional. En España se estudia extremar las medidas para que las broncas políticas de moda queden lo más lejos posible de las autoridades abroncadas, en especial tras los sonoros abucheos que han recibido diversos miembros de la Familia Real en sus comparecencias públicas. En Andalucía hace tiempo que esas demostraciones de enojo se han convertido en habituales aunque mucho me temo que el trueno va a resonar con fuerza mucho mayor a medida vayamos conociendo detalles sobre la infamia consentida de los ERE y las prejubilaciones falsas. Y si a González lo brearon en una universidad madrileña acusándole de corrupción pocas dudas caben que Rajoy lleva todas las papeletas para ver reventadas sus presencias públicas una vez averiguada su connivencia con el tal Bárcenas. El movimiento de protesta es hoy por hoy insignificante, ciertamente, si se le compara con las reservas de paciencia de esta muchedumbre solitaria, pero no resulta difícil profetizar que en poco tiempo va a crecer hasta constituirse en clamor multitudinario ante el espectáculo desgraciadamente escandaloso de una vida pública en la que, si muchas personas dignas hacen su trabajo con probidad, también es cierto que demasiadas hacen de su capa un sayo desde la más absoluta conciencia de impunidad. Es de todo punto indeseable que la crítica popular haya de expresarse como bronca pero no lo es menos que exigirle modales a una ciudadanía que no da crédito a tanto abuso y tanta golfería resulta ya casi imposible. Los abroncadores pierden la vergüenza pero no cabe duda de que antes que ellos la han perdido los abroncados.

La práctica política contiene fatalmente una componente infame que exige una espita de salida. Para eso están los Parlamentos y, en la sociedad de la información, para eso están los micros y las cámaras. Se puede, por supuesto, aplicar la estrategia del “ya escampará” que acabó saliéndole a González por donde le salió por no advertir que hasta la más afortunada de esas jugadas tiene un límite en el tiempo. Pero temo que esas broncas vayan en aumento como expresión de una difusa e improvisada democracia directa. Tenemos broncas para rato, tal como está el patio, y ello lastimará a fondo nuestro sistema de libertades. No le pidan cuentas a la turba ruidosa antes de exigirle su responsabilidad a los de arriba.

3 Comentarios

  1. No sé si la última frase del primer párrafo alude al señor de la corona o de la corina, que ya no se sabe bien. El prenda dijo no ‘poca vergüenza’, sino ‘mala educación’. Como si toda la basca se hubiera criado en colegios suizos. Aquí, hasta que no se han ‘aristocratizado’ las comilonas nupciales, alguno confundía la copa del agua con la del vino.

    Desde luego de peor educación es matar elefantitos, por no hablar de los saltos del tigre que luego te dejan baldao. Por cierto, que según las crónicas, el tener controlada la agenda con tanta fisioterapia y tan pocas ocasiones de usar la píldora azul, lo tienen mahumorado y déspota con los que le rodean. Lo dicho: un prenda.

  2. Doña Epi tengo la impresión de que usted no es objetiva. Un beso especial.
    En cuanto a las broncas si pudieran haberlas mas a menudo y que hicieran efecto me pareceria mejor.
    Besos a todos.

  3. Es muy probable que tenga usted razón, mi doña Marta. (Por cierto, parece habérsele olvidado que quedé liberado de mi transexualidad, j j j…)

    Pero es que durante casi cuarenta años ya, hemos estado aguantando la monserga de un jefe de estado impoluto, todavía hay quien besa el suelo que pisa, cuando se trata de un señor del que nos vamos enterando de una proyección como persona, e incluso como JdEstado, en absoluto ejemplar.

    Los partidos políticos, la prensa, lo han estado mimando como un delicado bibelot. Poco a poco nos hemos convencido –está editado, aunque poco difundido– de que como persona, como buen Borbón diría yo, su trayectoria vital tiene sombras muy oscuras.

    Lamentablemente soy incapaz de valorar en una persona su aspecto, digamos profesional con el personal. ¿No me ha leído alguna vez que Picasso era un mal bicho? ¿Que era un perezoso y de ahí ciertos rasgos de su trazo de brochazo grueso? ahí tiene a su “Paulo vestido de arlequín”, en que dejó inconclusa la pata de la silla y el pie del niño. No se molestó en terminar algo que le resultó mínimamente complicado.

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