No entiendo el alboroto por el abucheo al Presidente del Gobierno en el desfile militar. Personalmente lo considero lamentable –todo abucheo lo es—en la medida en que traducía una bronca nacional para la que no faltan razones pero a la que no asiste ninguna razón para el desacato. Una demostración semejante ante el propio Jefe del Estado y por encima de símbolos tan sagrados, puede que encaje en los planes de algunos y no desagrade a otros, pero no hay modo de considerarla justificada en una sociedad libre cuya cara más expuesta es el respeto. El problema es cómo extrañarse de que ocurran incidentes como éste en un país en el que el mismísimo Presidente abroncado antier se quede sentado al paso de una bandera nacional, la efigie del Jefe del Estado se quema en público cada dos por tres a cambio de penas simbólicas o éste en persona recibe una monumental bronca en un estadio. Situaciones como la que acabamos de vivir con tanto desasosiego no surgen de la nada sino que derivan de procesos degenerativos prolongados e impunes que, en fin de cuentas, alcanzan ya a todos los niveles de la vida nacional. ¿Cómo pedir silencio en un desfile cuando en pleno Parlamento un jefe de filas llama “mariposón” a todo un Vicepresidente del Gobierno sin que ocurra nada o mientras un “nini” respaldado por el Poder llamada “novio de la muerte” al jefe de la Oposición? ¿Por qué va a ser más grave una bronca política, por incorrecta que resulte, que la destrucción consentida de la disciplina escolar? A un magistrado de Sevilla lo invitó una vez un membrillo a practicarle una felatio y al invitado no le quedó otro recurso que denunciarlo, como uno más, en el Juzgado de guardia. ¿Quién esperaba que la galopante escalada de indisciplina social que hace años que nos viene comiendo por los pies no acabara un día alcanzando a la cabeza?

Sin rodeos, el abucheo del desfile y el desacato a los símbolos me parece que, más que una como una afrenta, debe ser considerado como el resultado lógico de la quiebra de valores en que, en última instancia, consiste la crisis general de valores que estamos viviendo. ¿No le dice lo que le dice el alcalde de Puerto Real al Rey y se queda tan pancho? ¿Pues por qué esperar que esas bandas radicales sean más educadas y menos agresivas? ¿Se explicaría el respeto en un país donde los docentes y los sanitarios son agredidos un día sí y otro también o en el que la barbarie de la violencia familiar apenas es ya una desdichada estadística? La clase política que anda tras todo ello bien se merece una protesta, no de esos villanos sino de la ciudadanía más noble.

6 Comentarios

  1. La crisis de valores es el fiondo, en efecto. Un desacato como el quehemos contemplado es lo normal si se consiente que el principio de autoridad sea vulnerado en todos sus niveles, desde la escuela hasta la cumbre. Porqué no insultar al rey o al jefe del gobierno si se menosprecia y ataca al maestro o al médico? Lo que estáocurriendo e muy porfundo, no algo que sucede en el desfile anual.

  2. Para que te respeten lo primero es respetar. Y si no basta, hacerse respetar. Niungujna de las dos cosas se han hehco en esta nación desgraciada que desde hace dos legislaturas se ha degradado por debajpo de Gibraltar. Chávez nos toma la cabellera, Caruana hace lo propio, Europa nos ignora. Nops lo hemos ganado a pulso. No sé cómo pretendemos ahora que la gente de la calle respete a los que mandan.

  3. Es un problema general. por aquilas cosas voan casi igual. Don José Antonio tiene mas razon que un santo.
    Besos a todos.

  4. ¿Cómo impediría Ud. que un estadio entero abuchee al Jefe del Estado?
    ¿Los mandaría detener a todos?
    ¿Eso sería desacato, si es una muchedumbre?

  5. No estamos hablando de reprimir manifestaciones que pueden ser, en principio, legítimas, sino del respeto básico que debe tenerse a ciertas instituciones. Lo que sostiene jagm es queel abucheo del otro día no es sino la consecuencia de muchas dejaciones de la autoridad, aparte de que pueda haber raònes políticas para mostrar la discrepancia pública con la autoridad que sea. Hay modos y modos, por otra parte. Y crea don Cecilio que una muchedumbre también puede equivocarse e incluso traspasar el límite marcado por la Ley.

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