De nuevo salta a titulares el tema de la inteligencia animal, por supuesto referido a la del primate, a la presunta capacidad del simio (y en concreto del mono) para aprender funciones intelectuales como leer o escribir. Viejo asunto, me temo que sin solución desde que hace muchos años, atraídos por Edgar Morin, asistiéramos en el Centre Royaumont a las porfías entre los esposos Premack y los Chomsky, los Monod o los Piaget. Ahora estas cosas vienen sucintas en Wikipedia, me figuro, pero entonces lo que trataban de inculcarnos era que esa experiencia del aprendizaje reforzaba el parentesco intuido entre las especies y, en consecuencia, la virtualidad de un relativismo que adquiría estatuto científico. Luego ha habido mucha literatura (hasta donde pude seguirla, me refiero a Ehrlich, R.Dawking o Cohen) pero también ha crecido sin remedio el escepticismo porque nadie, en realidad, ha logrado superar las pruebas “demasiado elementales” (Monod) que tendían a traducir a términos científicos ciertos movimientos de fichas de colores que, con el tiempo, se desinflaron hasta perder su interés. Hay una “brecha cerebral” insalvable entre el hombre y el mono, nos dice hoy el mismo Premack inclinado sobre el microscopio más que pendiente de la jaula, un ‘gap’ que no permite igualar las capacidades de las especies ni siquiera por la base, pues parece entenderse al fin que una cosa es distinguir ‘instintivamente’ determinados hechos o relaciones y otra muy distinta “construir” de manera inteligente teorías del acontecer. Un mono “educa” a su prole, le enseña a evitar el alimento nocivo o a acechar con engaño a su presa, pero eso poco tiene que ver con la capacidad que el hombre tiene de organizarle la vida a los demás, incluido el pobre mono, y lo que es peor, el pobre hombre. Me gusta recordar aquella era ilusionada –con mis Lorenz, mis Tinberger, mis Torpe–, cuando la esperanza era todavía enteriza y buscábamos revolverlo todo para bien empezando por el zoo.
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Lo que sigo sin tener claro es que esta superioridad zoológica pueda traducirse en términos jerárquicos, por decirlo así, es decir sirva para sustentar la teoría de la inferioridad del animal. Tomen el caso de la actitud ante la muerte. No está claro que la intención del coleóptero que entierra el cadáver para desovar sobre él se explique sólo por razones utilitarias, y sí lo está, por el contrario, que incontables especies huyen despavoridas ante su presencia, pero no más que primitivos como los senoi o los takkui mayalos y, por descontado, que la inmensa mayoría de los homínidos, como creo recordar que explicó Teilhard. El animal –el caso del elefante es conocido y emocionante– rechaza y se rebela contra la muerte pero se limita a evitarla poniendo tierra por medio, que es cabalmente lo que hace el hombre cuando el caso llega. También desde las pateras que navegan a la deriva, los inmigrantes desesperados echan al mar a los que mueren no con el rito honroso de la marina sino con el gesto elemental del superviviente, lo que tal vez sugiera que la famosa “brecha” no sea tan profunda, que no andemos tan lejos del denostado primo/primate, diga lo que diga la observación neurológica, insista en lo que gusten, lo mismo el creacionismo reaccionario que el optimismo animalista. A lo peor no se trata tanto de igualar, por abajo, al mono con el hombre como de significar, por arriba, nuestra proximidad al mono, de captar ese “ruido de fondo” que, como el del universo, nos llega difuso pero constante procedente de un ‘big bang’ zoológico que, evidentemente, no pudo ser tan elemental como pretende el ‘Génesis’. Once criaturas dicen que han arrojado al mar desde la última patera estos altos primates sin papeles, olvidados sin compasión por sus avanzados primos. Quizá no seamos tan diferentes, después de todo. No hay brecha que valga, por lo visto, en medio del mar.

11 Comentarios

  1. Hoy es de esos días que releo -lo del fosforito y el subrayado fue una broma del otro día, con su golpe de mala milk, para los que pretenden convertir una tertulia en un aula- al Jefe y me cuesta su trabajillo seguirlo.

    Una no es ni de ciencias ni de letras y ese enciclopédico desconocimiento no me da ningún consuelo, pero al menos sí una explicación. No obstante centrándome en lo concreto que menciona el Anfi, en esos cayuqueros que se deshacen de sus compañeros muertos, que digo yo que bien podían conservar a los más aprovechables para poder alimentarse un tiempo de ellos, (juas, juas!) no veo en el asunto sino una regresión hacia reacciones primitivas que surgen del instinto y que retrotraen al que las sufre a estadíos elementales.

    De lo poquísimo que soy capaz de recordar de psicología evolutiva, el humano durante los primeros meses solo puede captar la conducta y las emociones de los otros desde un punto de vista egocéntrico o “narcisista”. Los niños sobre los nueve meses aproximadamente entienden las conductas y las emociones de sus cuidadores pero no tienen la capacidad de asumir que sus experiencias son similares a las de sus cuidadores. Creo que entre los nueve y los doce meses de edad hay una revolución cognitiva en los bebés que amplía su visión del mundo inmediato que le rodea.

    Doctores tiene el blogg para rechiflarse de lo que acabo de exponer si es una majadería. Pero quizás las situaciones extremas hacen que afloren reacciones de ese paleocerebro, automatismos que compartimos con casi todos los vertebrados y hemos acordado denominar como reptiliano. Yo lo extendería incluso a los peces, porque no estoy segura de que se haya estudiado a fondo el cerebrín de ese primer eslabón con raspa.

    Repito: colléjeseme si me he metido en jardines donde solo he conseguido pisar plantas delicadas. Os seguiré queriendo igual.

  2. Ninguna planta ha pisado, miss Búha, lástima que no haya hablaod con mayor simplicidad a este humilde blog ávido de concocimientos. Debería desarrolar para nosotros eso que sabe, que parece mucho, aunque quizá la columna de hoy se planta en otro nivel, más sencillo a su vez: la proximidad final de hombres y simios, por encima de las apariencias.

  3. Los científicos dicen que hay brecha hoy y que no la hay, mañana. ¿A quién creer, cual es la verad, la sabe alguien de este blog, incluyendo a su sabelotodo anfitrión?

  4. Muchas cosas plantea ja, tal vez demasiadas, sobre u temna que ya trató también otras veces, porque este hombre tiene predilecciones que le vienen de lejos, como la de esta relación entre las especies. No es frecuente contar con un testigo de las discusiones del mítico parnaso de Royaumont, como este moriniano amigo nuestro que hay que ver lo poco que presume de lo que haría a otros engallarse tanto.
    Sí es triste la paradoja que plantea –monos sabios, hombres monos– pero supongo que no debemos hacernos ilusiones sobre lo que no debemos. El Génesis, querido ja, es el mito que usted boen conoce y no puede cambiarse en materia racional, por otra parte…

  5. Me gusta estos escritos con títulos de bestiarios. En ellos aprendo más cosas que en los habituales e insulsos comentarios periodísticos sobre los consabidos líos entre Gallardón y Acebes…

  6. Otra lección breve, magistral, que agradezco y que incita a “ampliar” siguiendo la propuesta bibliográfica que encierra, como tantas veces. La cuestión de fondo, clara, terminante: no estamos tan lejanos, al menos para el mal, de nuestros primos, qué digo primos. ¡¡¡hermanísimos!!!, los grandes simios. Estos zarpazos que gm le da al personal son divertidísimos y muy justos.

  7. Ya que se habla de los grades simios, recuérdese que la mayoría parlamentaria tiene congelado un proyecto de Ley presentado por un dipuado adscrito al PSOE sobre los derechos de aquellos, que se pretende igualar en lo posible a los humanos. Me pregunto hasta dónde llegará esa igualación, ¿al matrimonio civil tal vez, a la exención del impuesto sobre la herencia? Disculpen a este viejo memo que chochea ya a la vista de todo el mundo.

  8. La escena de la patera, estremecedora. Recuerdo una columna en la que jagm describía la de un inmigrante encontrado muerto con una caja de zapatos al lado. Era un palo tremendo al PP, entonces en el poder, y la tengo traspapelada, si no la hubiera tecleado aquí, como hace el señor Abate.

  9. (Perdón por el percance. Sigo)
    Me entero de que jagm lleva a sus “Charlas” de verano (Punta Umbría) a Ignacio Sotelo y me apresuro a recomendarlo a los blogueros que puedan andar por la zona. Esos dos juntos son imprevisibles y a Ignacio no hay demaisadas ocasiones de escucharle en directo en España. Ya se encargan de evitarlo los que pueden.

  10. Triste artículo, siento pena por lo que sugiere el autor e indignación contra nosotros mismos, contra todos, por nuestra indiferencia. ¿Igales a los monos? Ya quisieran los hombres en muchos aspectos.

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