Cualquier lector del Nuevo Testamento sabe bien que Jesús de Nazaret tuvo relación con dos gerentes económicos, el apóstol Mateo Levi, recaudador de impuestos y, en consecuencia, publicano malmirado por la opinión, y Judas Iscariote, que fue el administrador del Los Doce aunque alguno de sus colegas, en un episodio memorable, lo tildara de ladrón. ¡Todo un dios y le salieron uno bueno y malo, calculen! Esta temporada estamos viviendo el desconcertante “affaire” que la prensa llama “Vatileacks”, consistente en el escandalazo provocado por la filtración de papeles de la mismísima cámara pontificia por mano de un criado infiel o, según otros, de una trama relacionada con las luchas sucesorias que ya acosa al sabio Ratzinger, aunque de momento el que está en el trullo sea el mayordomo. Secretos a voces, denuncias susurradas, papeles comprometedores en torno a los chanchullos vaticanos –esa jodida e histórica herejía del dinero—y también confidencias (más bien “infidencias”) del famoso “banquero de Dios”, Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Banco Vaticano, que se ha curado en salud poniendo a buen recaudo una grave documentación para el caso de que su cuerpecito gitano aparezca cualquier día, si no balanceándose colgado en un puente de Londres, como el pobre Calvi, tal vez con un agujero en la sien o dormido plácidamente para siempre como su ingenua Santidad Juan Pablo I, ya que él no tiene la posibilidad, como Marcinkus, de esconderse en una parroquia perdida. Hay toda una tradición cristiana enemiga del dinero –Jesús no tocó la pasta más que cuando fariseos y herodianos le dieron el denario para pillarlo en el célebre dilema—pero la verdad es que la pobreza sido siempre marginal y que frente a esa línea mental ha triunfado siempre lo que pudiéramos llamar un mercantilismo a lo divino realmente escandaloso. Por lo que sabemos, Jesús era un pobre entre los pobres. Sus sucesores, salvo nobilísimas excepciones, empezaron limosneando, pasaron luego a ahorrar y, cuando se han dado cuenta, resulta que tienen la Mafia dentro.

El dinero es necesario, no digo yo que no, pero desde luego no es evangélico, como no lo es el Poder en sí mismo, que mi llorado Juan Mateos identificaba con el pecado, aunque yo creo que él votaba al PSOE. Y al contrario, la pobreza es escandalosamente revolucionaria, los mismo con los “fraticelli” que con los teólogos de la liberación, igual en el retrato colectivista que hace de ella el autor de los “Hechos” que en la renuncia silenciosa de muchas almas coherentes. Puede que Dios ande entre los pucheros, como quería la doctora Teresa, pero donde por supuesto no está es en los paraísos fiscales.

3 Comentarios

  1. Se te nota el disgusto con que escribes tu crítica, como es propio de un “cristiano viejo”, eso de que tanto alardeaba don Américo Castro. El caso, en fin, es de traca y la situación de Ratzinger, supongo, insufrible.

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