La historia de las armas es un capítulo trascendental de la vida de la especie. La industria del hierro cambió abruptamente con su espada el rumbo de la Historia como antes lo había modificado el hallazgo de la de bronce, las catapultas de Arquímedes revolucionaron la vieja guerra de proximidad, el empleo de la pólvora liquidó la idea de invulnerabilidad de las fortalezas, el arcabuz o el mosquete hicieron de la infantería un “arma” nueva y la artillería –el “arma del mando”—jugó un papel innegable en la constitución de los ‘modernos’ Estados. Los hombres han avanzado guerra a guerra y cada una de ellas ha sido posible, en buena medida, por la virtud de un arma nueva, desconocida hasta entonces, que en la era contemporánea alcanza ya las puertas del infierno. El Poder vive obsesionado por los arsenales pero, además, teje en torno a las armas una leyenda estética vinculada al mérito e incluso al honor, hasta el punto de que De Gaulle dice en sus Memorias que las armas ‘ennoblecen’ hasta al más impuro. Habría armas buenas y armas malas, armas tolerables e indignas, armas leales y armas impropias de la caballerosidad del guerrero, no porque ninguna razón asista a semejante idea sino, simplemente, por efecto de la mitificación ‘caballeresca’ de la violencia que sirve de coartada a la guerra. Pero todas las armas son malas, salvo las defensivas, como dicen que dijo Jean Moulin, el cuestionado héroe de la “Resistencia” francesa, en cierto modo en línea con la teoría de la “guerra justa” con que obsequió al planeta nuestra Segunda Escolástica. Una mina antipersonal, por ejemplo, sería mala, el gas sarín, malísimo, el ántrax, despreciable. Se puede liquidar a una muchedumbre, a ver si me comprenden, pero con armas ‘adecuadas’, algo así como atenidos a un límpido código del honor, no utilizando esos artilugios demoníacos que, por cierto, todos utilizan llegado el caso. Hiroshima sería una excepción, el napalm de Vietnam, otra, las secretísimas de la primera guerra de Irak, un secreto a voces. Al caudillo sólo lo mata una bala de plata. Si hay que hacer el gasto, se hace.

 

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 Siento no poder entusiasmarme a causa del tratado que en Dublín acaba de decidir la prohibición de las bombas de racimo, incluso si acaban firmándolo las potencias que se han quedado al margen, pero es que, aunque distingo perfectamente entre la crueldad y la brutalidad simple, no logro hacerme a la idea de que haya armas buenas y malas, es decir, de que la seguridad pueda venirnos de estos ajustes de la industria armamentística que, no lo duden, darán lugar más pronto que tarde a nuevos ‘ingenios’ bélicos. Soy sensible como quien más al hecho de que se eliminen armas que causan sufrimientos atroces, pero nunca lograré ver en esa calculada estrategia más que un movimiento táctico dirigido a dignificar la barbarie que supone cualquier violencia. En España, mismamente, la Reina encabeza la lucha contra las minas pero resulta que nosotros mismos las fabricamos y exportamos a los salvajes que las utilizan, sin contar con que las almacenamos en nuestros polvorines. ¿Cómo celebrar que los mismos que se niegan a eliminar el arsenal atómico se legitimen persiguiendo armas de destrucción masiva que, claro está, ellos también poseen y venden? Está muy bien que se prohíban –si es que llegan a prohibirse de hecho—las bombas ésas de racimo, pero no puedo evitar ver en ello un gesto cínico en tanto se conserven, fabriquen, compren o vendan las numerosas que amenazan a la Humanidad. ¿Por qué una bomba de racimo o una mina antipersonal habrían de resultar más intolerables que las bombas defoliantes o las apocalípticas armas atómicas? Con simples machetes se han sustanciados crudelísimas guerras en el África olvidada. Comprenderán que prohibir los machetes no era, precisamente, la solución.

12 Comentarios

  1. Nunca pensé que podría hacer spam en este sagrado casinillo. Una servidora, que mantiene un modestísimo blog, no diré dónde, dejé ayer un post, justito, justito sobre ese mismo tema. (Lo siento, Jefe, pero le dí un levísimo pisotón).

    Como no voy a poner la URL, me voy a permitir copiar un par de parrafillos. (Creo que existe el precedente dmi don Chic, aunque entre él y yo existe la diferencia sumadas del Everest y la fosa de las Marianas. Pero bueeeno. Quien deteste -con toda la razón del mundo- mi pensamiento y mi estilo puede saltárselo, que no pierde nada).

    “…Diferentes a aquellas otras que veíamos en las películas caer desde los aviones en tiempos de guerra, aquellos pepinos metálicos, estas tienen el aspecto de unos inocentes contenedores parecidos a las bolsas de alimentos que se dejan caer…/en regiones devastadas por fenómenos catastróficos. Lo que ocurre es que en el aire, el contenedor se abre a poco de salir del avión y de su vientre mortífero se desprenden cientos de bombas más pequeñas como polen criminal, diseminándose por amplias superficies de terreno. Muchas explotan y otras muchas permanecen latentes a la espera del paso de un niño, de un animal que resultará muerto o gravemente mutilado…”
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    “… Hace ya su buen puñado de años, una era más joven e ilusa, oía un programa de radio sobre semana Santa en el que podían participar los oyentes. Se ensalzaba a una cofradía concreta y se comentaba su vinculación con una determinada fábrica, militar por supuesto, donde aún se producían, a bajo coste por cierto, las famosas minas antipersonas. Seguro que aún vivía Diana de Gales, uno de cuyos buenos perfiles fue precisamente la campaña contra la fabricación y utilización de arma tan cruel, cuyas principales víctimas, mira por dónde, solían ser niños. Mi participación consistió en decir que más que alabar la majestuosidad de dicha cofradía, su ornato de flores o la belleza de sus imágenes, bien podían sus ‘hermanos’ organizar una protesta porque su Cristo o su Virgen pasearan tan cerca de donde se empaquetaba la muerte y el dolor. La conductora del programa dijo más o menos que qué cosas se me ocurrían y que no iba de ese tema el asunto…”

  2. Menos mal que encuentro a alguien sincero. Estos acuerdos, como los de dasarme en general, son cínicos. Que más da matar vcin una cimitarra que con una bomba! Usted por lo menos dice las cosas clarars, por eso me gusta.

  3. Un hombre lúcido no cae en los trampantojos de los políticos/diplomáticos. Llevan razón: todas las armas son malas. Si necesidad de caer en la ingenuidad ultrapacisfista (hoy posible puesto que la ministra del Ejército lo es) hay que plantarse ante estos arreglos cínicos.

  4. Estoy con usted de cabo a rabo. Me indigno cuando veo a esos niños mutilados en la mism a tele de los que negocian con las bombas. Que sea la Reina, como usted dice con valor, quien preside ese proyecto, no deja de ser un escarnio y una burla.

  5. Poco que añadir, que lleva razón: desde la quijada de Caín toda arma es mala. Las coaratdas de la autodefensa son peligrosas pero imprescindibles. Ahora bien, nada justifica estas maldades y, mucho mneos, estos indecentes negocios.

  6. Me quito el gorro ante su sinceridad y su valentía al den unciar todas las armas y la comedia, tragicomedia, de nuestras sociedades que venden armas y luego lamentan sus efectos. Las bombas de racimo no son ni con mucho lo peor que se utiliza en esas guerras. A mí, personalmente, nada me impresionó más que los machetse cuando la degollina entre los tutsis y sus rivales.

  7. Un niño con un fusil: esa imagen lo dice todo, pero hoy por hoy es algo común en nuestro periódicos y telediarios. Insistan, popr favro, todas las armas son malas. No se pasen al generalato por un paltop de lentejas como la ministra embarazada.

  8. Usted y los suyos querrían dejar al Estado Español indefenso frente a sus enemigos, pero no lo conseguirán, para eso estamos muchos millones de españoles.

  9. Iba a escribir un comentario pero me ha dado un soponcio leyendo a este descerebrado de Sociata. Lo dejo no sin suiscrinir las tesis de don ja, un hombre ecuánime, y de muchos de los blogueros.

  10. ¿Donde tiene doña Margosa el blog? Lo mismo es un petardo que un sitio digno de visitar.

    En cuanto a sociata con el tiempo que lleva callado bien lo podia alargar otro año mas.

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