Una de las obsesiones generacionales de la Transición fue liquidar las instituciones y figuras jurídicas en que se había apoyado para ejercer su dominio la larga Dictadura. Las jurisdicciones especiales, por ejemplo, le parecían al progresismo, con toda razón, claros abusos e instrumentos represores del Poder, con independencia de que los mismos que lograron en buenahora su liquidación idearan enseguida otras distintas pero basadas en el mismo principio. También obsesionaba mucho por entonces el desacato como figura política que se prestaba a reforzar casi ilimitadamente el arbitrio de los tribunales que, hay que decirlo todo, se mostraban exigentes al máximo a la hora de aplicarlo. Por eso se decidió eliminar del Código ese delito abriendo la puerta a un creciente desmadre que ni los magistrados más enérgicos y de personalidad más acusada son ya capaces de contener. En los últimos tiempos, el telediario ha venido dejándonos atónitos ante esos etarras (Txapote, Bilbao, De Juana y demás) que, desde su celda acristalada injuriaban a los jueces desafiándolos en términos insoportables al tiempo que increpándolos con las injurias más escogidas. ¿Recuerdan al primero de esos delincuentes asegurándole al juez que acertaría en su cabeza con un balazo o llamándole enano borracho, fascista de mierda y cabrón al juez Guevara? Amenazar a un juez en plena audiencia con “pegarle siete tiros” no será ya ninguna novedad en este territorio sin ley en que se han convertido, las salas de Justicia, como no lo será escuchar a un asesino implacable como el ‘Solitario’ rechiflarse del tribunal soltándole, en su alegato final, una presunta soflama en árabe. En una Audiencia sevillana un villano de menor cuantía respondió a la discreta reconvención del juez, invitándole a practicarle una felación, y ustedes disculpen el eufemismo, barbaridad ante la que el invitado no pudo hacer otra cosa que denunciar la agresión ante el compañero de guardia. Son las consecuencias de clasificar los delitos, como cualquier otra realidad social, en función  de sus supuestas naturalezas políticas olvidando que las instituciones no son más que lo que los hombres deciden que sean.

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Tengo entendido que el Consejo General del Poder Judicial anda pensando en solicitar al Gobierno que restaure aquella figura abducida en el vórtice emocional que supuso el paso desde la autarquía  a la democracia, de forma que el desacato vuelva a ser lo que era desde los romanos, a saber, la imprescindible defensa de los órganos judiciales frente a la violencia de los justiciables, hoy a los pies de los caballos. Aunque, claro está, esa cuerda providencia llega tarde, a mi entender, en la medida en que el desacato a la Justicia no es hoy más que un caso particular del generalizado desprecio a la autoridad de todo tipo que progresa en este modelo de vida desde el seno de la familia a las Administraciones pasando por la escuela. Bien miradas las cosas, la verdad es que sería una rareza que un delincuente ‘educado’ desde la infancia en la anomia más absoluta respetara a un juez en un momento dado, habituado tal vez a agredir a su maestro o incluso a maltratar a sus padres, como es ya desgraciadamente frecuente en nuestro país. Daremos, pues, en el mejor de los casos, marcha atrás, simplemente para volver donde estábamos, pero me parece bastante inverosímil que un artículo reciclado en el Código Penal sirva para gran cosa en una sociedad en la que la “auctoritas” ha desaparecido en la práctica hasta en las instancias más elevadas. Hace poco se ha decidido, al fin, conferir la consideración de ‘funcionario’ a los sanitarios y docentes agredidos (uno de cada tres, según parece) con el fin de considerar como delito de atentado las frecuentes vejaciones a que se ven sometidos. La próxima vez, aquella invitación a la ‘felatio’ no le saldrá al malevo deslenguado enteramente gratis. Algo es algo.

16 Comentarios

  1. Para que alguna vea que no tengo problemas en reconocer al César lo que es del César, sólo puedo decir que ha estado Vd. magistral D. JA. Hoy no me ha dejado ningún resquicio para colocar un mísero puntito sobre íes alguna. En esta sociedad de decadencia galopante ya no hay verdadera auctoritas que arrastre a los demás desde la convicción, hoy en la sociedad de los mass media la confianza es fácil de ganar por burdos prestidigitadores desde la chusquera coacción y el velo del misterio que sustenta el verdadero prestigio se ha caído. ¿Sólo queda lugar para el pesimismo cioránico?. No me extraña que el engañabobos de Zp haya mandado la consigna de vetar esta palabra también entre sus hordas de meretrices actuales, nada que ver con las auténticas meretrices romanas. Aquéllas sí que eran progresistas de verdad.
    Saludos.

  2. Bueno, don Antonio, no se pase de estupendo con lo de las meretrices, que seguramente han sido (en general) buenas en todos los tiempos de la Humanidad, es decir, desde que el hambre es hambre.
    Volvamos al tema: el desacato. Reponer esa figura es es elemental si se pretende conservar el menguado pretigio que le queda a los ropones, y está muy bien visot, me parece, que su derogación fue más bien cosa de la ingenuidad progre que producto de la reflexión.

  3. Toda la razón, también de la a la zeta, como doña Clarita. Veremos si Pasiflora se anima a contribuir a la charleta casinera pero seguro que su buen criterio coincidirá hoy con el que informa esta columna ejemplar.

  4. Mi acuerdo más entusiasta. Nunca he comprendido por qué se equiparan esas libertades indeseables con al democracia, y no ignoro, por desgracia, lo que fueron los abusos de algunos jueces –¡de tantos!– durante la dictadura. Lo que es posible es que quienes sí lo ignoren sean los que quitaron ese delito del Código…

  5. Tiene su gracia eso de invitar a un juez de tal como, pero se comprende que así no puede funcionar ninguna Justicia. Le exigimos a los jueces lo que en su mano no está y encima los dejamos solos, enfrentados a esa jauríaa la que protegen todos los “humanitarismos” ingenuos de este mundo ingenuo. Sé de lo que hablo, que conste.

  6. La clave, eso de que la barbarie no es más que la consecuencia de un estilo de vida, un fenómeno que se comprende sólo si se tiene en cuenta la sociedad enm que se produce. No querremos que nuestros delincuentes sean respetuosos si no lo son los ciudadanos en general, no se le puede exigir a los últimos lo que no se le pide a los hijos de las clases dirigentes.
    El tema está en que los jueces no pueden trabajar si no es sobre un cimiento de respeto, y ese respeto se ha perdidop en el Juzgado, en la escuela, en el hospital y en la familia, como dice jagm. Reponer la figura penal del desacatos ería una excelente medida que dudo que acaben haciendo personajillos como el ministro actual o sus superiores. (Esto no es desacato, es crítica).

  7. Con respeto, todo; sin respeto, nada, o casi nada. Y en última instancia la selva. Jungla es ya un Juzgado cuando se produce una “invitación” como la que refiere ja del “malevo”.

  8. ¿una felación? Un etarra le dijo al juez que le iba a arrancar la piel a tiras. No se si se acuerdan, pero así fue.

  9. D. Pater, D. Pater, …. no la tome conmigo que ya sabe que me revuelvo con facilidad ante los taimados que pretenden apuntarse tantitos echando cardos a los demás, y ya veo que su caridad cristiana es muy maleable depende con quién. Sabe de sobra que no merece la pena detenerse en la evolución histórica ni en el significado etimológico de meretrix. Hoy le perdono porque parece que le ha dado al vermouth más de la cuenta ….pero no me tiente.

  10. No me parece adecuado el tono, Don Antonio, y menos con el padre Cura, a quien todo el mundo quiere en este blñog escepcto Sociata y algún orto sociópata. Relea lo que dice el comentario en cuestión y verá que nop es para tanto ni mucho menos.

  11. Me sumo a la amablñe censura del Prof. Seguro que Antopnio maneja buenas etimologías de metetriz pero la más sencilla es la que significa: “que se gana la vida por sí misma”. Hoy resulat que infinidad de mujeres honrada serían meretrices etimológicas.

  12. (Disculpen la hora. ¿Una mañana de resaca?)

    Vistámonos de saco y cubramos nuestras cabezas de ceniza porque al menos los que nacimos en los cuarenta, éramos los veinteañeros que pedíamos en su día que se prohibiera prohibir o que el poder fuera a manos de los imaginativos.

    Lo imperdonable es que los que fuimos imprudentes a los veinte no hayamos madurado a los cincuenta y me incluyo, para que otros puedan arrojar la segunda piedra.

    Ya es un esperpento repetir lo de la libertad y el libertinaje, pero no se ha repetido lo suficiente que estábamos contra el autoritarismo, no contra la autoridad. O si no lo estuvimos por ignorancia entonces, ahora algunos sí lo hemos comprendido.

    El Anfitrión, cómo no rubricar de la alfa a la omega su argumentación, nos deja bien claro cómo se llena una hoja de reclamaciones en un juzgado: el juez amenazado pone inmediatamente en conocimiento de su compañero de guardia la amenaza de muerte, o el insulto grave. ¿Que así se aumenta el número de juicios pendientes? Ya se ha judicializado lo bastante la vida corriente y habrá que darle prioridad a estos insultos antes que a los y las -discúlpenme la aberración gramatical- macarritas de la tele rosa que viven de eso.

    No sé si doña Clara conoció las tarimas en las aulas. Se veía mucho mejor desde allí y hacia allí. Pero llegamos los progres de entonces diciendo que no se podía establecer un escalón entre docentes y discentes. Que al maestro había que llamarle profe. Que la maestra debía lucir el canalillo hasta el ombligo, o al menos es lo que se ve ahora. Mi sobrino, un cuarentón con más de veinte años de mili escolar, me dice que los buenos alumnos le presentan sus deberes -huy, lo que he dicho- con fórmulas amistosas del orden de ‘te he hecho un trabajo que te cag…’. Y lo que traen lo han fusilado del ‘rincón del vago’.

    Mi querido don Pangly pone el dedo en la llaga: donde es más necesaria la confianza que nos merece estar ante una auctoritas -juzgado, hospital, instituto o universidad- anulamos ésta con un falso igualitarismo. ¿O no han oido nunca la frase de que tan importante es el neurocirujano con su delicado escalpelo como la limpiadora que luego recoge las sábanas y pasa la fregona a la sangre derramada?

    Mi don Antonio: le pido formalmente que se disculpe por su frase del vermú. Se ha pasado un montón de pueblos y nuestro padre Cura no se merece ese trato. ¿O no estamos hablando de esto precisamente?

  13. Mis dissssssculpas D. Pater.
    Perdone mis maneras pero es que todavía me duele la patilla izquierda desde que el Padre Ildefonso me levantó una cuarta del suelo en mis tiempos de monaguillo un tanto rebelde.
    Por cierto Madame, un ronin harapiento que a estas horas vagabundea por los bosques del Monte Fuji, entre lamentos continuos, me ha remitido un haiku para que se lo haga llegar. Dice así:

    Tormenta, el grajo vuela bajo
    Mi corazón se ha ido al carajo

    Yo le he advertido que su haiku es patético e impropio de una Dama como Vd, pero se ha empeñado. En el fondo creo que le hace tilín, que le vamos a hacer.

  14. (Con más tiempo)
    El corpus jurídico, fuera de su mayor o menor coherencia, se puede aplicar con mayor o menor severidad. Lo que no puede consentirse es que no se respete a ninguna autoridad, que los delincuentes y los verdugos actuen abiertamente y que los culpables se vanaglorien de serlo.
    Lo malo también de esto, es que cuando un joven oye que un criminal insulta así a la autoridad competente se pregunta ¿por qué no hacer lo mismo con la suya? También puede pasar que los ciudadanos respetuosos se harten y empiecen a tomarse la justicia por su mano.
    Todo esto lo ha contemplado don José Antonio en su escrito, y todo esto se andará, o se está andando ya si no le ponen coto rapidamente.
    Valiente y justo, como siempre.
    Un beso a todos.

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