La manifestación convocada en Sevilla por Juan José Cortés, el padre de la niña Mari Luz asesinada en Huelva por el pedófilo, debería, tal vez, poner punto final a la explicable inquietud de este hombre que se siente lógicamente destrozado por la insuficiencia de la Justicia y por la lenidad de las leyes. Porque una cosa es reclamar penas más justas contra esos monstruos y su efectivo cumplimiento, y otra muy diferente exigir la destitución de un  juez cuya labor ha sido respaldada por el CGPJ, mientras se guarda silencio, además, sobre las responsabilidades del Gobierno y la Junta como responsables mediatos de lo que está ocurriendo. Los jueces andaluces están hartos de repetir que no pueden con su carga de trabajo pero la Junta se hace la sorda. Y ello supone que, aunque se excluyera a ese juez, la situación crítica de nuestra Justicia no variaría. Cortés sabe hoy que ni ZP, ni Bermejo ni el presidente del TS le dieron más que palmadas en Madrid antes de hacerse una foto. Lo que quizá no sepa es que el juez de su obsesión sigue sin verse las manos y con los mismos medios.

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