No es justo ni cierto que las protestas por la lenidad con que la Justicia trató a Farruquito en la anterior sentencia fueran producto del deseo de venganza. Se trata sólo de sentido común y de legítima aspiración a la igualdad ante la Ley. De sentido común, porque no hay manera de explicar que la responsabilidad por los tremendos delitos que cometió ese artista puedan liquidarse con una sanción simbólica y una multa asequible. De aspiración a la igualdad legal, porque nadie puede dudar de que si llega a tratarse de un ciudadano anónimo este trágico caso hubiera sido solventado con muchos menos miramientos. Hasta se ha dicho, retorciendo la obviedad, que Farruquito era una víctima de su popularidad y, para que nada faltara, del racismo latente. Y no, Farruquito es si acaso una víctima de la arbitrariedad de su conducta irresponsable hasta un límite extremo. Causar una muerte y mentirle a la Justicia no son cuestiones menores sino gravísimos delitos. A los que dicen que al bailaor se le ha hecho un juicio popular hay que contestarle que lo que fue impopular fue la anterior decisión de los jueces.

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