En pleno debate recurrente sobre el uso sexista de los juguetes (uno de los debates más simplistas que conozco) aparece rebotando por ahí la noticia aparecida en la prestigiosa revista Current Biology sobre comportamiento observado en un grupo de chimpancés de un parque de Uganda por unos sabios de la universidad de Harvard nada menos. Han observado éstos, así, en principio, que tanto machos como hembras del grupo estudiado utilizan trozos de madera para entretenerse, utilizándolos tiernamente en unos casos, al modo que la hembra humana hace con las muñecas, en otras ocasiones usándolos como instrumento de indagación o como arma en sus amistosas peleas juveniles, lo que ha dado pie a la teoría, probablemente inmadura, de que existiría una suerte de inclinación de género o conductas específicas propias de cada uno de ellos. Pero casi simultáneamente ha resonado una voz femenina en la revista Science proclamando que semejantes observaciones para nada autorizan la inferencia de que existan tendencias innatas, dado que el uso y manejo de esas “muñecas” por parte de ambos sexos bien podría ser consecuencia de la socialización, gran obviedad que, a mi juicio, en nada cambia los términos del primer estudio. ¡Vaya manía que lleva el personal con lo del sexo del juguete, como si no fuera sabido que las más remotas muñecas aparecieron, allá en plena prehistoria, en tumbas femeninas, mientras que los objetos relacionados con la violencia lo hicieron asociados siempre a los ámbitos del macho! Es la sociedad la que inventa y atribuye roles y, en consecuencia, la que asigna a cada sexo los instrumentos que le son “socialmente propios”, aunque sólo entre los humanos, como acaba de probarse, a esos hábitos se le adhieran significados simbólicos tan determinantes. Un chimpancé acunando un madero no es mariquita, un humano suele interpretarse que sí. A Saussure le hubiera encantado comprobar que el “significante” está en el ojo, no en el objeto.

 

Tiene garantizado el fracaso el intento de invertir (con perdón) el significado de las conductas atribuyendo a los sujetos cualidades imaginarias. Los niños prefieren mayoritariamente los juegos competitivos y dinámicos mientras las niñas se pirraban y siguen pirrando por los pacíficos y domésticos, sencillamente porque en la conducta pesa más que nada el factor socializador, que es de suyo arbitrario, si se quiere, pero también funcional dada la evolución general de la especie y, por lo que parece, también de las especies. El día en que simios o humanos jueguen indistintamente entre machos y hembras tendremos que habérnosla con un nuevo mundo y, por supuesto, con una nueva selva.

5 Comentarios

  1. Muy bonito comentario de un tema ya clásico, la simplicidad de algunos sexistas (¡sí, sí, los sexistas son ellos!) que ven por todas partes algo que sin duda les obsesiona. Buen enfoque para un asunto siempre peligroso a la hora de opinar.
    Para don Griyo: DON Bada, no DOÑA Bada. Como usted sabe mi nombre, que es apellido real, significa a rinoceronte.

  2. Los humanos estamos gobernados por una multitud de instintos que a su vez están controlados por diversas hormonas y, digan lo que digan los igualistaristas, hombres y mujeres somos diferentes y tanto en el sexo como en el cerebro, por suerte creo yo.

    ***************

    Husmeando por la red veo que:
    “En la Corte española se empezó a denominar al rinoceronte abada o bada (con género femenino), como los portugueses, que habían tomado la palabra del malayo …”
    También veo en esa enciclopedia galáctica que bada significa océano en coreano y no sé a qué podrían llamar bada los malayos.

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