A finales del ferragosto ha tenido lugar en Suiza un simulacro de invasión del país por parte de Francia. Se trataba de un ejercicio, nominado “Duplex Barbara” provocado por una hipotética situación política que habría llevado a Francia a la división en múltiples regiones provocando la reacción de una paramilitar Brigada de Dijon que, desde tierras del Jura, planteó a Suiza una alternativa radical: o se hacía cargo de la deuda de Saonia (nuevo nombre del Jura) o sufriría un ataque inmediato a base de mercenarios que tenían decidida incluso una estrategia concreta: entrar por Neuchâtel, Lausana y Ginebra. No es la primera vez que un asalto imaginario es imaginado en Francia como respuesta a situaciones críticas, ya que anteriormente la operación “Stabilo Due” habría respondido al caos social originado por la hipotética caída del euro y la avalancha de refugiados. No habrá que insistir en que se trata de supuestos imaginarios, pero tampoco en que semejantes ocurrencias transparentan un clima de inseguridad notable al tiempo que ponen de relieve algunos de esos miedos que Occidente está viviendo con los ojos y la boca cerrada, como silenciosa respuesta a ciertas alarmas más o menos subliminales, propias de un ambiente marcado por la inseguridad de la crisis económica pero también social y política que viven nuestras sociedades. Hay miedo, y cuando el miedo perturba el sueño ciudadano, incluso sobre un país que, como Suiza, que carece de ejército formal porque sus ciudadanos guardan el fusil en casa, puede llegar a cernirse la amenaza, siquiera teórica, de verse envuelto en un conflicto armado. Fíjense, una Francia arruinada que ve como se rompe la vieja unidad nacional, o un crak monetario como sería la crisis del euro, bastan para despertar en el personal el cerebro reptiliano y echar instintivamente la mano a la pistola. Hasta la paz menos dudosa resulta potencialmente quebradiza.

¿Ven cómo es imprescindible lograr que fragüe de una vez por todas la idea de una Europa fuerte en la que la perspectiva de vida en común pueda normalizarse dejando de estar sujeta a las inevitables pesadillas qua atormentan el sueño localista? No basta con una moneda única sino que es preciso unificar también la decisión política si se pretende asentar la vieja ilusión en que se fundaba, desde su concepción, la unión continental. Porque no hay que despreciar estas guerras imaginarias que pudieran llevar dentro de sí el germen de la violencia real.

5 Comentarios

  1. No olvidemos que el Benelux, la madre de todo lo que vino después, no fue sino un pacto de supresión de los derechos de aduana, fijando tasas comunes para las mercancías provenientes del exterior de los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. El mardito parné.

    Esa fue la masilla de unión y a veces parece que sigue siendo la única. La única por la que engrasar la pistola y proveerse de munición.

  2. Curiosos ejemplos de alarma social limitada a las elites. Se asustan de hipótesis y no encuentran otra respuesta que la guerra. ¡Incluso contra Suiza!

  3. Mientras las guerras sean juegos como los descritos, pasen, allá cada cual con sus miedos. Lo curioso es que ya hasta los países que son enemigos prácticamente imposibles, jueguen a la guerra.

  4. Nunca entenderé esos juegos de «estado mayor», por aquello de que no se debe jugar con los cuchillos. Como yo no soy habitual, aprovecho la ocasión para que sepan que constituyen ustedes, junto con la columna, una cita diaria importante para muchas personas normales pero que estamos hartos de la timidez crítica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.