Cada vez que se habla del hemiciclo vacío, sus Señorías ponen el grito en el cielo justificando sobradamente su ausencia. Hay otras labores –dicen—que el diputado tiene que atender dentro y fuera de los Plenos y Comisiones, y añaden que formular esa crítica, ya clásica, perjudica a la credibilidad de la democracia. Lo que no sé es que habrán respondido a la desoladora foto del salón del Congreso prácticamente vacío que ha publicado este periódico, especificando que al examen de los nuevos magistrados del TC sólo acudieron cuatro portavoces y dos diputados, o sea, un “paripé” como ha dicho Rosa Díez, pero que a mí no me sorprende en absoluto porque, bien pensadas las cosas, poco interés político puede tener una sesión previa a los candidatos cuando sus plazas han sido cooptadas con anterioridad por los dos partidos hegemónicos. En cierto modo hay que concederle a los ausentes que su desgana está justificada cuando el resultado se conoce de antemano, es decir, cuando esa comisión “examinadora” no tiene ni la más remota posibilidad de vetar a sus examinandos. La degradación de nuestra democracia es consecuencia de ese juego político tan curioso con que nos entretienen PP y PSOE, y que consiste en estar siempre a la gresca pero en cerrar filas cada vez que se trata de afianzar alguno de los privilegios que se han dado a sí mismos. Ningún sentido tiene el debate parlamentario cuando resulta obvio que en nada puede influir sobre las decisiones, que es lo que se trata de aparentar. Mientras funcione la cooptación en los grandes temas de Estado, los diputados ni pinchan ni cortan, de manera que su ausencia de los debates tiene su lógica, por muy desolador que ello pueda resultar al ciudadano contribuyente.
Sus Señorías no acuden tantas veces o se van a consolarse en el bar no sólo porque tengan el alma mansueta sino porque se saben simples actores en una tragicomedia en la que les basta con atender al apuntador. Ha habido y hay diputados serios y trabajadores pero ya me dirán por qué ni siquiera ellos se ha molestado en acudir a echar el rato en la comisión encargada nada menos que de evaluar a los “jueces de jueces”. ¡Benditos los países en los que rige la dependencia del electo respecto del electorado! Aquí es tan evidente el paripé que basta y sobra con un intercambio de reproches para trincar una pasta que no podrían ni soñar quienes corren con el gasto.

2 Comentarios

  1. ¿Por qué le seguimos llamando democracia? No es ni una partitocracia, sino la aristocracia, o el dominio de unos pocos sobre las listas. Solo que de “áristos”, nada. Son “los listos”.

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