Del grado de sofocación que padece la ciudadanía y la peligrosa crisis de la confianza política da una idea la benevolencia con que estos días se está respondiendo a la insurrección ciudadana de Burgos luego replicada en otras ciudades. Ni siquiera la rendición del Ayuntamiento legítimo a las primeras exigencias ha bastado para contener un movimiento no poco explosivo ya que, de manera casi inmediata, han surgido nuevas reivindicaciones para continuar el conflicto. Y si se ha hablado de “rendición” no ha sido a título retórico ya que, en buena lógica democrática, quien toma las decisiones en una democracia representativa son las instituciones libremente legitimadas por el propio pueblo, pero no una parte del pueblo ni siquiera el pueblo entero. ¿Por qué un barrio de una ciudad ha de imponer su voluntad a la un consistorio que a toda la ciudad representa? Imaginemos el caso en que la mitad de los burgaleses se inclinaran por la continuidad del proyecto municipal y la otra mitad se opusiera a él: ¿qué tendría que hacer el Ayuntamiento, cómo escapar a esa trampa sin salida? Pues de ninguna manera, porque la representación democrática –esa cesión temporal de soberanía del pueblo a la elite gobernante—se articula precisamente para superar los riesgos de un régimen asambleario en cuyo marco resulta difícilmente imaginable una acción política continuada. Designando a sus representantes, los ciudadanos no asumen ninguna “servidumbre voluntaria” sino que apuestan por una convivencia institucional que hay que suponer fiel reflejo aritmético de la voluntad popular.

 

Ningún barrio ni ninguna ciudad tiene derecho a oponerse a la acción política legítima mientras ésta se ejercite en el marco de la Ley. Otra cosa sería (es) pura arbitrariedad, exponer la democracia a un vaivén demagógico que el poder legítimo no debe tolerar porque supone si propia negación. Cuando el alcalde de Burgos dice que ha elegido “la convivencia entre sus ciudadanos” se olvida de que con ese eufemismo ha liquidado de hecho su imprescindible autoridad. Por más gastada que esté la confianza pública, por lamentable que sea la imagen de la política real, el remedio no puede consistir en revocar por la fuerza la autoridad legítima, única garantía política y legal del gobierno representativo. Los que tildan de autoritario este argumento tienen un pie fuera de la Constitución y el otro también. “Vox populi, vox Dei”. Eso sólo vale para Alcuino y para la petenera.

8 Comentarios

  1. ¿Es que alguien lo duda ya? Cuándo “toca”, las llamadas redes sociales se inflaman de consignas y la guerrilla urbana, previamente pertrechada y casi diría que bien entrenada, se lanza al bonito juego de las vallas derribadas, los contenedores incendiados y el aprovisionamiento de material de lanzamiento. No en el punto caliente solo, sino en una decena de ciudades.

    ¿El Epi un conspiranoico? Pues no, basta con ver el que tenga ojos y oír el que tenga oídos.

  2. Buen enfoque, contundente final. Don Epi lleva razón también, como es habitual en él. Pero no le garantizo que con esa postura no se lleve el autor algún improperio. La gente es como es. Los tertulianos, especialmente.

  3. La protesta es un derecho ejercida dentro de la Ley. Fuera de ella es un desmán. ¿Qué hace el poder legítimo cuando se encuentra entre dos mitades iguales? Ese caso demuestra la falacia de los argumentos del día.

  4. A los políticos no hay por donde cogerlos.

    En España quien gana las elecciones no gobierna a menos consiga mayoría absoluta.
    Nuestros políticos no tienen voluntad de servicio sino de permanencia y privilegios.
    La oposición se opone a todo lo que proponga quien gobierne sin importarle si es bueno o malo para los gobernados.

    No todos los políticos son malos. Hay muchos que no han tenido la oportunidad de demostrarlo.

  5. Lo fácil es lo contrario de lo que se hace hoy en la columna: ponerse a favor de corriente, en este caso, a favor de la opinión que simpatiza con la rebeldía porque ella misma, la opinión pública está irritada y, en cierta manera. los rebeldes le hacen “su” trabajo. No se puede obstruir la labor de un Gobierno legítimo y hacerlo, por muy de moda que pueda estar, no es ni decente ni justo. El alcalde de Burgos se equivoca al “rendirse”. No teman a decir esta verdad con la cabeza alta.

  6. Don José An tiene toda la razón , como de costumbre…..pero a mi el plan ese tampoco me habría gustado.
    Besos a todos, ah, y no sé si ya lo dije pero todavía estoy a tiempo y en todo caso mejor es repetirlo: Feliz año a todos!

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