Coincide la noticia de la dimisión del presidente alemán, Horst Köhler, a la que ya se refirió finamente en esta páginas Luis Olivencia, con el “fuego amigo” de una encuesta próxima al Gobierno que evidencia la pérdida radical de confianza entre sus propios votantes que se ha agenciado nuestro teatral ZP. “¿Y no convocará elecciones este tío?”, me pregunta, supongo que a título retórico, un miembro antiguo y fiel del partido gobernante. Le digo eso tan recurrido de que nadie (salvo De Gaulle, quizá) convoca elecciones a sabiendas de que las perderá, pero eso no tranquiliza a mi personaje que es de los raros que creen todavía que hay perjuicios mucho mayores para la nación y para el propio partido que perder unos comicios. “¿Pero cómo se puede gobernar si seis o siete de tus propios votantes no van contigo ni a recoger duros?”, insiste el hombre. Le contesto que gobernar, lo que se dice gobernar, no lo sé, pero que aferrarse al macho y resistir numantinamente no parece ser muy difícil para la legión de paniaguados (y ZP entra en sus rangos) que no tienen dónde ir fuera de la oficina. Hay políticos, eso sí, como nuestro Köhler, incapaces de mantenerse en el pimpampum pudiendo librarse de esa humillación, pero son infinitamente más numerosos los dispuestos a soportar la befa pública antes de dimitir. Añado, ya en plan teórico, que el cargo es para muchos de estos advenedizos como una segunda naturaleza, algo que pertenece a la ontología y no a la ética, conque para qué hablar de la estética. A ZP no le queda más que la cuesta abajo, la degradación de la imagen pública y el daño público que implica su fracaso. Pero no se irá, por algo tan sencillo como que, habiéndolo tenido todo, ahora no tiene  a dónde ir.

 

Hay de que detenerse en ese sondeo “amigo”, ver en su cuenta pequeña la mancha invasora del desencanto, escuchar entre sus porcentajes el sordo rumor de la ira de quienes hace tiempo vieron venir la catástrofe y quienes han debido rendirse a la evidencia aplastados por la realidad. Pero hoy que tanto se reprocha al de enfrente el descrédito del país, hay que decir que ningún crédito será posible mientras permanezca ahí ese mascarón de proa que se va a llevar por delante no sólo la respetabilidad de la nación sino la misma entidad ideológica y práctica de la izquierda supérstite. Cuando se vaya, que todo ha de llegar, no sólo España sino la esperanza en la utopía estarán ya como un solar. Que es justamente lo que ha querido evitar el alemán de nuestra historia que tenía garantizado el cargo hasta el 2014. ZP no es Salmerón ni es Suárez. Cuando el cargo es la propia identidad, la dimisión no deja de ser un suicidio.

7 Comentarios

  1. Me da la impresión muchos días de que habla usted de un país irreal, de personajes imaginarios, y hoy mismo vuelvo a tener esa sensación ante su ingenua sugerencia de que dimita el farsante que nos gobierna. Sé que lo hace para provocar el debate, pero aún así me parece ingenua su postura. ¿O usted cree que un don nadie que llaga a presidente se vuelva a casa así como así? Antes acabará arrasando todo el país.

  2. Pierda ilusiones, jefe, que esto no es Alemania. La clave está en la insignificancia personal de muchos de nuestros políticos. Ayer pudimos pasar revista en el Congreso a esa galería de desaparecidos: los Corcuera, los Barrionuevo, los Benegas, los Caldera… ¡Se veía que no eran nadie! Guerra incluso, con su suficiiencia y odo, tiene que andar defendiendo a ZP, su Bamby odiado, el liquidador. Miserias de la política ¿Y quiere usted que se vayan voluntarios? ¿Adónde, a la lista del Inem?

  3. Si he entendido bien, no se trata de que jagm imagine ni por instante la posibilidad de que este insensato dimita por voluntad propia, sino que compara para conlcuir que aún quedan por ahí quienes pueden entender la vida pública como un compromiso serio. No creo que olvide el columnista que el gran jefe alemán tampoco es que se vaya su casa con una mano detrás y otra delante, tal que nuestros próceres antiguos, ya que lleva las espaldas bien cubiertas, pero ése no es el tema hoy.

  4. No hay que esperar que el cordero vaya al matadero voluntario, ni el lobo, por supuesto. En democracia, por dañada que esté la cosa, la última palabra la tienen los ciudadanos con su papeleta. No hay que pedirle cuentas a nadie más que a ellos.

  5. Poca gente dimite, jamás un insolvente. La situación española, no obstante, se está poniendo tan extremada que lo lógico es que haya que buscar una salida electorla anticipada. Estoy de acuerdo con Ropón en cuanto a la responsabilidad de los votantes.

  6. De Gaulle no dimitió por haber perdido unas elecciones, sino un referéndum, creo que con preguntas contradictorias. Su mayor amargura fue que en su pueblo, Colombey-les-Deux-Églises, no le votaran todos sus habitantes, pero eso es como si Suarez hubiera perdido sus elecciones porque no le votaron todos los habitantes de Cebreros.

    La dimisión de De Gaulle no la entendí entonces y todavía no sé si fue por ética o por legalidad. Aclárenos doña Sicard.

    Sea como sea, a nuestros políticos les falta vergüenza para dimitir, simplemente, porque no valen para otra cosa.

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