La insumisión y el desafío institucional no son exclusivos de la sedición catalana. También en Cádiz –la cuna de nuestro constitucionalismo– un alcalde hace de su capa un sayo saltándose la Carta Magna y la jurisprudencia a la hora de izar la bandera oficial. Pero lo malo no es esa ocurrencia sino el hecho de que la respuesta de la autoridad tarde tanto en pronunciar algo tan sencillo como es la ilegalidad que aquella supone. No sólo en Cataluña; también aquí hay quien se salta impunemente la regla de oro de la democracia, lo que demuestra que la crisis de la autoridad es un flagelo que afecta, a lo largo y a lo ancho, a nuestro sistema de libertades. Y mientras se pueda ir por libre en la vida pública, no hay duda de que algo cruje en sus cimientos.

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