Cada verano, cuando el ferragosto caldea la gran ciudad y cuantos pueden huyen a las costas lejanas, los parisinos reviven el debate sobre sus playas artificiales, ese invento del todavía alcalde Chirac que prometió el baño libre en el Sena allá por 1988, y empezó por librar bancos enteros de lucios en las aguas pútridas de un río cuyo mayor afluente es el de las aguas residuales que recibe a lo largo de una cuenca de casi 800 kilómetros en la que se amontonan industrias que van desde el automóvil a las nucleares junto a explotaciones agrícolas sobradas de pesticidas. El Sena ha mejorado mucho en estos años, aunque los expertos avisen de que si mucho han podido con la polución química –consiguiendo oxigenar unas aguas asfixiadas por el amoniaco procedente de tres millones de metros cúbicos de aguas residuales diarias–, es poco lo que han logrado a la hora de neutralizar los riesgos bacteriológicos desde unas estaciones no proyectadas para ese fin. Y así, tal como Tierno logró devolver los patos simbólicos  al Manzanares, el año pasado nacieron en los afluentes del Sena –un río que ha logrado duplicar sus especies pero que queda aún lejos de la biodiversidad del Ródano o del Danubio– los primeros salmones que emigrarían al mar para vivir su vida, pero también, ay, fueron capturados en sus aguas peces superdotados con cuatro penes y especies afectadas de misteriosas mutaciones por el momento incontrolables. Los parisinos se disputan ingenuos su metro cuadrado de playa desde el Louvre al Pont de Sully, forzando un voluntarismo bajo la prohibición expresa de un baño que podría resultar fatal para su salud. El hombre vive de metáforas cuando la realidad le falla y las playas del Sena constituyen, desde luego, una espléndida demostración de esa pulsión tropológica.

 

¿Acabará siendo inviable la democratización de la playa? Mi padre me decía a mí que la reserva práctica de la costa para una población privilegiada era un contradiós pero que el día en que se lograra eliminarla hasta permitir el uso generalizado, sencillamente no habría sitio para todos. Las cosas de mi padre, que pertenecía a la generación maurista y creía, solamente, en consecuencia, a falta de una buena tradición, en la “revolución desde arriba”, pero si me entero que los andaluces destruimos cada día el equivalente a seis campos de fútbol de costas, créanme que me siento tentado por aquellas viejas razones. ¡Un pez con cuatro penes! Me parece a mí que los parisinos deberían resignar su entusiasta romanticismo y percatarse de que si ese río mítico tiñó de rosa un día el tarjetón de la Piaf también fue en una noche funesta la negra tumba de Celan.

2 Comentarios

  1. Dmasiado calor, querido,incluso paea echar el rato en el Casino. Yo también he visto esas playas parisinas y me han hecho pensar en la capacidad inaudita del hombre para inventarse la realidad con la que sueña y se le escapa.

  2. Panem y circenses a lo moderno. Pero precioso comentario. Y me alaga que teneniendo Huelva playas tan preciosas hable de las virtuales del Sena.
    Un beso, pero grande.

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