Uno de los aspectos más desconocidos de la época que estoy evocando –los años 60 y 70— fue acaso la extraordinaria floración del pensamiento religioso que ha continuado hasta nuestros días. Tiempo de fuerte secularización, esa etapa que abre el Concilio en 1962 tuvo en España, sin embargo, una amplia respuesta intelectual que resonó no solamente en la prensa de orientación católica (“Destino”, “Cuadernos para el diálogo”, “El Ciervo”…– sino incluso en aquel “catecismo” abiertamente progresista que fue la revista “Triunfo” de la que ya hemos hablado aquí. Desde el mismo año 62 apareció en ella, en efecto, la palabra de un estupendo personaje, doctor en Química y empresario, Enrique Miret Magdalena, gran teólogo laico de toda una generación en la que coincidiría con una élite insuperada y radicalmente innovadora de estudiosos de la religión, me atrevo a decir que como nunca la hubo en España. Sabios como Alonso Schökel o Juan Mateos, Juan Antonio Estrada o José Castillo (ambos privados de sus licencias docentes), Gómez Caffarena, José Luis Sicre, Fernando Camacho, Tamayo, González Faus, Torres Queiruga, Ion Sobrino y tantos otros, compusieron un conjunto de “espirituales” con los pies asentados fuertemente en el suelo.

Los lectores de “Triunfo” extrañaban – y no pocos reprochaban—la presencia de Miret en su página habitual, mientras éste continuaba su tarea ajeno a las críticas, llegando a presidir la influyente Asociación de Teólogos Juan XXIII. Aparecía por la redacción con su aire distraído, siempre afable, para entregar su artículo y, a veces, charlaba con algunos de nosotros, consciente de la lejanía que nos separaba (entonces) aunque siempre abierto al debate sosegado. Rara vez tropecé con un espíritu tan cimarrón y al mismo tiempo tan templado, con un intelectual tan firme en sus creencias espirituales y tan riguroso en su crítica. Dos libros suyos me impresionaron especialmente: uno temprano y casi profético (1976), “España: destino socialismo”, y otro tardío (2006), “¿Dónde está Dios?: la religión en el siglo XXI”, que conservan íntegro hoy, a mi entender, todo su valor.

No se ha valorado debidamente, ya digo, el trabajo intelectual de estos “espirituales”, que han debido afrontar la resistencia de sus instituciones además de la relativa indiferencia de una sociedad cada día más secularizada, a pesar de que en esa nómina poco celebrada hayan de reconocerse algunos de los perfiles más interesantes de una cultura española que ha sido capaz de abordar en profundidad no sólo la teología propiamente dicha, sino la restauración del texto bíblico, la sociología o filosofía de la religión y la crítica de la teodicea o la ponerología. En el panorama del pensamiento español reciente, pocos habrán sido los sectores capaces de competir con esa espectacular hornada de estudiosos a contracorriente.

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