Cada día resulta más desolador el panorama en cuanto se refiere a la crueldad humana y, más específicamente, a la capacidad difícilmente explicable de infligir tortura que demuestran seres humanos en las condiciones más ilógicas. Por no salirnos de la actualidad, ahí tienen al secretario de Defensa USA, Donald Rumsfeld contemplando sin asomo de remordimiento las torturas perpetradas por sus soldados en Guantánamo o en Abu Ghraib, y, todavía peor, a ese animal de Dick Cheney defendiendo los métodos de sus torturadores en nombre de la defensa nacional, incluyendo el atroz que los verdugos denominan “la bañera” o el “submarino”, es decir, la inmersión forzada de la cabeza del torturado en agua hasta llegar al límite justo de la asfixia. Una madre granadina acaba de ser condenada a varios años de cárcel por haber quemado a sus hijos con cigarrillos, poca cosa si se compara con la parejita que liquidó a la pobre Alba en presencia de su hermana tras un verdadero martirio. ¿Es la tortura un instinto, va en la naturaleza del hombre –los etólogos defienden que los demás animales, los irracionales, son capaces de violencia extrema pero que no hay rastro de intención torturadora en su conducta—esa pulsión a causar daño al semejante? ¿Añade la Razón un plus de crueldad que convierte la agresividad –de la que tanto se habló en torno a Lorenz, Ardrey, Tinbergen y hasta Desmond Morris hace años— o es el instinto (sea lo que sea esa cosa) el responsable de esta desdichada condición? Confieso que en esa larga polémica me quedé siempre en la teoría de Ashley Montagu quien propuso que la agresividad, la capacidad y voluntad de causar daño a otro, no es más que una conducta socialmente aprendida, una pauta socializada, aunque, en realidad, siempre me intrigó la imagen de los trituradores inexplicables, los espontáneos, los surgidos al calor de una guerra o propulsados por una circunstancia. Y creo que el tiempo va por este lado de la interpretación y atribuye a la circunstancia un papel esencial. La maldad puede ser incomprensible pero no inexplicable.

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Medio siglo después del experimento Milgram” (del que ya hablamos aquí alguna vez) que demostraba la abrumadora tendencia de las personas normales a causar daño si se las investía de una imaginaria autoridad, un sabio de al universidad de Santa Clara, el doctor Burger, ha repetido la prueba con alguna variante para acabar probando que una aplastante mayoría de los participantes eran capaces de proporcionar descargas eléctricas a los fingidos ‘cobayas’ en cuanto se lo exigía una instancia autoritaria. Es muy fácil, por lo visto, convertir a un ser normal en un verdugo, tan fácil como situarlo en una circunstancia apropiada de la que crea recibir autoridad o responsabilidad, lo que explicaría la actuación de tantos y tan inconcebibles sayones así como el hecho, frecuentemente señalado como paradójico, de que, a primera vista, la inmensa mayoría de ellos serían “personas normales”. Los tratadistas del Mal lo saben bien, por supuesto, pero estas demostraciones son instructivas y, en cierto modo, imprescindibles, para liquidar el prejuicio rousseauniano de la bondad innata o bien para reafirmarlo en el sentido de que es en la socialización, en el juego complejo de las relaciones del grupo, donde hay que buscar la causa de tantas maldades. La impresionante frialdad de los genocidas del Holocausto o la que en estos tiempos demuestran los monstruos que andan juzgando en Bruselas por atroces crímenes en guerra o en paz, pone de manifiesto esa inquietante maldad potencial que anida como el huevo de la serpiente en nuestra escondida duramadre. Es más que posible que un tipo como Cheney crea con sinceridad en su legítimo patriotismo. No es fácil para el monstruo reconocerse en el espejo de los demás.

1 Comentario

  1. quien a hierro mata a hierro muere o a one sword for a pig, injustificable de todas todas. un saludo don jose antonio

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