Inspector de alcantarillas

Se ha insistido no poco en la calidad de los escritores fascistas anteriores y posteriores a la guerra. Ahí están los estudios de Tuñón y Mainer, de Vicente Marrero o Gaspar Gómez de la Serna como testimonio. No puedo olvidar el arte de Eugenio Montes, de Sánchez Mazas, de José María Pemán, de Juan Aparicio o Samuel Ros y, en especial, el de un singularísimo Ernesto Giménez Caballero, a quien los jóvenes iconoclastas de mediados de los sesenta conocimos de cerca en la tertulia que Manolo Arroyo Turner tenía en su librería-editorial de la calle Génova, creo que los martes.
Don Ernesto, que es como respetuosamente lo llamábamos todos, era un madrileño castizo, espigado como una alabarda a pesar de los años, hombre extrovertido y vehemente que conservó con celo, incluso ya en plena decadencia del sistema, el raigón inextinguible de su fascismo profundo. Era don Ernesto hombre de anécdotas -y las había vivido de todos los colores en su larga trayectoria vital y política- que disfrutaba contándonos, en cierto tono desafiante, sus mejores y peores lances. Franquista hasta la médula a pesar de que Franco jamás se fio de él hasta el punto de vetarle el acceso a la División Azul y compensarlo luego con la mísera embajada de Asunción en Paraguay (país al que él llamaba “los cojones de América”) ante el trágico fantoche de Stroessner, pero quien le enviaba cada fin de año la carroza oficial para acercarlo a El Pardo a brindar con champán con el caudillo. ¡Hay amores que matan!
Junto a él pasamos mañanas inolvidables José Antonio Gabriel y Galán, el propio Manolo Turner, Pepe Esteban, Alonso de los Ríos, entre otros, y con alguna frecuencia también un don José Luis Sampedro absorto ante el rifirrafe. Amistoso o sulfúreo, según los debates, entre los que a mí me salvó durante años el elogio que publiqué de su “Yo, inspector de alcantarillas” (rescatado, por cierto, de un morral divisionario), aunque jamás me absolvió por haber publicado la evidencia de que su alevosa edición barojiana “Comunistas, judíos y demás ralea” no era más que un tejemaneje suyo. (Me contestó aquí, en ABC, en una Tercera titulada “Baroja y su ralea”). Nada rencoroso sigo en mis trece de que Giménez Caballero fue un brillante surrealista y uno de los pocos hombres ideológicamente inflexibles de su generación. He ahí una buena razón por mi parte para incluirlo entre los próceres de aquel tiempo, a pesar del abismo ideológico que siempre nos separó.

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