Los sindicatos (los verticalizados de la “concertación” y los otros) no luchan hoy por un trabajo digno y unas condiciones laborales acordes con la condición humana. Luchan por la subvención, por el subsidio generalizado, por el trinque y la mamela imprescindibles cuando lo son pero desmoralizadores cuando de ellos se abusa. Las peticiones del sindicalismo agrario, por ejemplo, resultarían escandalosas incluso si no atravesáramos el desierto minado de la crisis universal, pero en plena travesía resultan intolerables. A no ser que aspiren definitivamente a instaurar una imaginaria sociedad subsidiada universal. De ser así deberían decirlo sin reservas pero, sobre todo, tendrían que justificar su derecho y explicar su gestión.

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