Informe para ciegos

No creo exagerar si digo que Ernesto Sábato es uno de los personajes más fascinantes que he tenido el privilegio de conocer y tratar. Ya avanzado los años 70 recibí su aviso desde Santos Lugares citándome en un hotel madrileño cercano a la Ciudad Universitaria. Acudí y allí estaba él, con su seriedad solemne y su oralidad torrencial, junto a su mujer, Matilde, que ya mostraba síntomas de la que luego sería su enfermedad senil. Sábato hablaba y hablaba, iba y venía por el apartamento, contemplaba el panorama guadarrameño sin dejar de hilvanar teorías y razonamientos. El viejo físico de los años 30 y el apasionado surrealista posterior se fundían en aquel hombre lúcido y confuso a un tiempo, inmerso en una oscura subjetividad, que tocó techo, a mi entender, significativamente, en el “Informe sobre ciegos” y en “El túnel”, dos exponentes cumbres de la pasión humanista y ese pavesiano “oficio de vivir” que –me decía—“resulta tan difícil que cuando se aprende ya apenas nos queda tiempo”…

El viejo comunista –que hasta hubo de rendir cuentas en el Moscú stalinianio—era ahora un intelectual severo y atormentado que buceaba incesantemente en el misterio del Hombre –“una manera de conocerse a sí mismo”—desde una postura postcientífica que él definía como “transracional” en la medida en que sintetizaba la lógica y la imaginación, superando “esa alienación del hombre moderno que es el racionalismo”, en busca de un producto asimilable a lo que en lo antiguo fue “la narración y la epopeya, el mito y la novela, las confesiones y el ensayo”. El Sábato maduro de aquellos años se postulaba seguidor de Emmanuel Mounier y su personalismo, no menos que admirador de un cristianismo evangélico propiciador de un mundo alternativo, de una “sociedad de hombres libres y solidarios”: exactamente la misma propuesta que ofrecen algunos teólogos actuales.

Andando el tiempo caería sobre este razonante implacable, que hacía mucho que denunció las dictaduras de cualquier signo político, una dura tormenta política con motivo de la tragedia argentina, pero entonces, como digo, decía perseguir “el fundamento filosófico para la constitución de “un socialismo que resacralice al hombre”, el ser humano en su radical concreción y como resultado de su circunstancia. Venía de vueltas ya de las viejas utopías aunque todavía proclamase su admirativo respeto por la acracia, una vieja “poesía”. Casi sin completar el resuello añadía que “la Historia ha demostrado que no se pueden lograr fines nobles con medios innobles”. La aparición de una Matilde vacilante interrumpió sus confidencias. Me dio generosamente una edición de “Sobre héroes y tumbas”, sin duda –junto a “El túnel” y la tardía “Abbadón”—su logro más completo.

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