Es de sobra conocido que el nivel cultural de la población española es más bajo que el de buena parte de los países europeos homologables. Se ironiza sobre que los yanquis sitúan a España en el Caribe, como si en la España profunda hubiera mucha gente capaz de situar, no les digo ya Bostwana, sino Noruega o Nepal. El BBVA acaba de presentar un estudio confeccionado por una de sus fundaciones que revela que el 46 por ciento de los españoles no conoce un solo nombre de científico, ni ajeno ni propio, porcentaje que a  mí, qué quieren que les diga, se me antoja corto además de insignificante, porque hay que convenir que meterse por esos pueblos y serrijones de Dios formulándole al personal una pregunta tan extravagante, constituye una de esas aventuras que confirman la broma de aquel memorable pionero de los estudios sociales cuando afirmó que la sociología era una ciencia empírica dedicada a demostrar obviedades. Eliminen de esa muestra a la población estrictamente rural, a la santa infancia, a esos vastos estratos puramente vegetativos que constituyen hoy la Hispanidad peninsular, y de lo que se asombrarán es de que un 54 de los encuestados sea capaz de responder positivamente a ese cuestionario. Prueben los sociólogos del BBVA a proceder al revés, es decir, inquieran en la opinión aleatoriamente elegida su conocimiento de la nómina “rosa”, y verán cómo saben más que Briján sobre la vida y milagros de la principesca Esteban, de Raquel Bollo, de Mila Santana o de Dinio, cuyo es el protagonismo real, indiscutiblemente, en nuestra vida colectiva. Una sociedad medial es carne de televisión y resultaría vano esperar que esa oscura masa superviviente de sí misma prestara oídos a noticias e informaciones que no se produzcan de cintura para abajo. La “libido cognoscendi” de la masa, en el sentido de Ortega, mide apenas una cuarta: la que va de la entrepierna al ombligo.

Informa el mismo estudio sobre el hecho de que semejante indigencia cultural nos sitúa muy por debajo de la media europea, pero ¿y que esperaban de un pueblo que pasa casi cuatro horas diarias embelesado ante una televisión cuyos grandes éxitos de audiencia consisten en los más abyectos programas? ¿Einstein, Cajal, Galileo…? ¡Vamos, anden, a quién se le ocurre preguntar por los sabios en una nación que suele ignorar casi por completo desde la nómina política a la teatral, que mira con horror pánico hacia el libro y cuya capacidad de verbalización no sobrepasa el nivel vegetativo y los tópicos televisados! La ciencia social no debe pedir peras al olmo si no quiere cosechar pamplinas.

3 Comentarios

  1. De la cruz a la raya, como suele decsire, colincido con el autor de la columna. ¿Cultura un pueblo que no se nutre má que de bagatales e infamias? No tiene sentido que los sociólogos indaguen ese melón.

  2. El otro día reflexionaba sobre los armarios llenos de medicamentos a medio usar y lo mucho que este panorama me recuerda a esas otras estanterías llenas de libros “recetados” como lectura obligatoria por el profesor de instituto o facultad. ¡Cuánta lectura de corridillo, cuántos exámenes aprobados a base de resúmenes ajenos, de repaso fugaz a los primeros párrafos de cada capítulo o a los subrayados, cuántas lecturas de clásicos en una sola madrugada!

  3. Muy de acuerdo con don ja en que preguntar por nombres de científicos a la masa resulta absurdo. ¿Cómo iba a ser de otro modo en una sociedad televisiva en la que cualquier pelandusca o folloncico ruinoso puede ser prtegonista de una “serie” que dure años”?

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