Una llamada madrugadora me despertó aquella noche que recuerdo heladora. Era Luis del Olmo para avisarme de la tragedia: ETA acababa de asesinar a los Jiménez Becerril y me rogaba asistir esa mañana a nuestra tertulia de Onda Cero. Como el destino parece complacerse en la serendipia, mientras preparaba confusamente mi café, tropecé con el amistoso tarjetón navideño que Alberto me enviara un mes antes. Luego recuerdo apenas mi paso acelerado por las calles vacías –trescientos metros apenas—y la escena aterradora de los servicios que recogían los cuerpos en presencia de la alcaldesa y un puñado de dolientes, mientras alguien me refería cómo los villanos decidieron asesinar al matrimonio una vez que su verdadero objetivo –creo que Luismi Martín Rubio—abandonó el grupo de amigos imprevistamente.

¡Qué más daba uno que otro! ¡O dos por uno! Quienes habíamos seguido con atención la crónica de la tragedia terrorista sosteníamos hacía tiempo que en aquella mal llamada “guerra” era Andalucía la que ponía los muertos, una evidencia estadística que acabaría explicando por qué, cuando desde el propio Gobierno se decidió lamentablemente combatir el terror con la máxima del Eclesiastés aplicando el “ojo por ojo”, fue tan alto el índice de andaluces que comprendían cuando no justificaban el terrorismo de Estado. Nada es tan contagioso como la locura criminal.

La próxima vez que, a finales de enero, acudamos a la Calle Don Remondo, quizá los pistoleros podrían, si quisieran, acompañarnos en el homenaje, restaurada ya su ciudadanía por este Gobierno filoetarra que acaba de “acercarlos” a su tierra como prólogo seguro de un indulto definitivo. No habrá acercamiento ni recuperación que valgan para las víctimas, por supuesto, que habrán de contemplar apretando los dientes cómo la insaciable ambición de unos cuantos perpetra ese otro crimen imperdonable que es la lenidad calculada por el interés político. Nadie puede aliviar a los Jiménez-Becerril ni resarcir al sentimiento colectivo, es más, ni siquiera lo intenta quien, por representarnos a todos, tendría la radical obligación intentarlo. Para los pistoleros, en cambio, en pago de su apoyo político, cualquier gracia es poca. ¡Hasta un antiguo azote de los forajidos, como Marlaska, se presta ahora, a cambio de su cuota de poder, a echarles una mano!

No olvidaré aquella desconcertante llamada mañanera, ni el vaho matutino de nuestro consternado aliento, ni la escena del crimen, desoladora ya cuando el grupo de amigos se retiraba al fin acompañando a la desolada alcaldesa. Pocas veces he visto tanta lágrima verdadera. Ni siquiera en estos días ante la complicidad granuja del Gobierno de España.

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