Enredados con las sandeces presidenciales escuchadas en el reciente debate parlamentario (toda esa farfolla de la nación “política”, “sociológica” o “histórica” con que se pretende amansar a la fiera nacionalista), discurrimos en la radio de Herrera sobre la sempiterna cuestión de la identidad como fundamento del derecho a la nacionalidad. Les digo a los colegas que también Andalucía tiene y siente su identidad –de la que hasta se ha dicho que era “excedente”—sin necesidad de reclamar otra nacionalidad que la española de toda su historia (los andaluces somos leoneses, castellanos, gallegos, aragoneses, vascos, catalanes, genoveses, franceses: el maestro Manuel González suele decir que la Baja Andalucía es el “melting pot” peninsular) y mucho menos de postularnos superiores a nadie. Y eso es algo muy diferente de lo que ocurre en las regiones españolas que se postulan como naciones con la visible intención de diferenciarse gananciosamente de las demás, a las que lo más que se les concede es tenerse por “regionalidades”. ¿No hemos tenido que asistir a la comedia de calificar estatutariamente a Andalucía como una “realidad nacional”, que no es más que una de esas ocurrencias conceptuales de Blas Infante, por cierto? No hay que olvidar que, después de todo, el barómetro ofrecido por el CIS antier mismo asegura que sólo 3 de cada diez catalanes reniegan del orgullo español, lo que permite pensar que siete de cada diez (el 65’7 por ciento, según el CIS) no renegaría. Pero bien pensado, me temo que dé lo mismo: el argumentario ultra del nacionalismo no se sostendría si su apoyo no resultara imprescindible a los Gobiernos españoles. Lo cual resitúa la cuestión al dejar en evidencia que todo este embrollo viejo pero renovado a dónde remite es a la pésima ley electoral que padecemos. Refórmese esa ley, atribúyase a los partiditos regionales  su justa medida, y verán cómo desaparece el debate de fondo. Hay que decir que si España se rompe –y le faltan tres credos– será responsabilidad absoluta de quienes, por conveniencia u oportunismo, han consentido esta injusticia electoral.

 

No hay acuerdo en la radio, como no lo hay en el país, quiero decir en la “nación”, en ese plebiscito de todos los días de que hablaba Renán, el mismo que tenía tan claro que lo esencial en una nación es que sus miembros posean muchas cosas en común pero también que hayan olvidado otras muchas. Acabo de recordar de dónde venimos los andaluces, pero ¿saben los catalanes de dónde vienen ellos? “Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo o visigodo”, aseguraba este maestro romántico. Con más razón que un santo.

2 Comentarios

  1. Debería quedar claro que los que se vayan de España se irán de la Unión Europea con todas sus consecuencias.

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