Desde hoy tiene Juan Ramón su estatua en Huelva. ¿Qué ciudad hubiera olvidado, durante medio siglo largo, elevarle el monumento a un Premio Nobel que –y eso es lo que importa– figura en el pelotón de cabeza de los grandes poetas del siglo que se fue? En Huelva se escribió en su día impunemente que JRJ era un “poeta de arte menor” y hasta hubo quien, impunemente, autoerigido en funesta e ignara inquisición, quemó sus obras frente a los jardines del Muelle, en la glorieta 12 de Octubre, como en un auto de fe anticuado y cateto. Lo que no había hecho Huelva era declararse su patria, la capital lejana que el poeta veía al atardecer “lejana y rosa” encaramado en su azotea o desde los altos moguereños. A partir de hoy, en fin, pasamos esa página de olvido, en medio de este insólito trienio juanramoniano con más caldo político que tajadas literarias, y del que maman enganchados muchos que tal vez nunca se asomaron a “Piedra y cielo” ni a “Animal de fondo”.

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