Mucha gente de mi generación (la “del 68”) se formó e informó en un clima antimonárquico. Procedía ese clima, sobre todo en ámbitos universitarios, tanto de la ubicua moda marxista como del eco social que reproducía la influencia ideológica de la propia dictadura, cuyos principales ideólogos detestaban la restauración. La “instauración” ideada por Franco fue, desde luego, un estudiado recurso para neutralizar la posible oposición interna de influyentes sectores. Lo raro hubiera sido que nosotros –las cohortes sucesivas del 56, del 68, etc.— rechazáramos el morrión republicano. Y no lo rechazamos sino que lo asumimos como un prerrequisito obvio que, a mi juicio, y más allá de leyendas más o menos paranoides, sólo se replantearía tras el soponcio del 23-F: aquello de no ser monárquico sino juancarlista, al menos como posición de partida, funcionó entre no pocos entre nosotros como un confortable alibi.

Hoy la cosa está cambiando. Cada día se remueven más conciencias de abolengo en la Izquierda convencional e incluso en la antigua militancia que ven a la actual monarquía como un elemento estructural, además de fundante, del régimen constitucional que nos permitió salvar el pellejo colectivo en el laborioso pacto de la Transición, un pacto que fue posible sólo por la razón posibilista de una Izquierda entonces prestigiosa y fuertemente instalada en los centros de decisión nacional. Sin el recurso a esa institución no resulta imaginable siquiera que se hubiera logrado encontrar una bocana para escapar del túnel franquista. Por ahí han llamado a eso el “milagro” español y, ciertamente, no sin sobrada razón.

Sé de sobra que la vasta y maliciosa estrategia antimonárquica desatada por estas Izquierdas desnaturalizadas tiene mucho de pantallón para ocultar la extrema gravedad de nuestra situación política, social y económica. Pero aun así, hay que ser muy lelo para no percatarse del alcance disolvente de esa maniobra que –tras el bululú jacobino y la guillotina podemita (de momento teórica)– apunta a destruir a fondo el modelo de sociedad que ha permitido el periodo político más apacible y fecundo de nuestra historia. Sólo aquellos sectores extremistas del autollamado “progresismo” sostienen una estrategia tan audaz como suicida, perceptible ya en una atmósfera frentista fatalmente comparable a la vivida en los peores momentos de la última República. ¿Cómo explicar que desconsiderados mequetrefes injurien coralmente tanto a la monarquía como a los monarcas, sin que nuestra severísima Justicia mueva un dedo frente al desacato? La sordera voluntaria de la Autoridad cuando, aparte de escarnecerlos sin freno, un cualquier/a llama ladrones y hasta “calamidades” a sus jefes de Estado, la convierte en una autoridad fallida. Puede que lo comprobemos el día menos pensado, cuando ya no resulte posible siquiera entender como fuimos capaces de revivir la tópica España ingobernable.

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