Pocas personas se resistirán a admitir que muchas entre nuestras más perentorias necesidades son, de hecho, necesidades creadas. Nadie echaba de menos el agua corriente, hace medio siglo, en muchos pueblos de España, ni durante mucho tiempo después tuvo la ocurrencia de instalar un teléfono en casa pudiendo recurrir eventualmente a la hospitalidad del vecino. Los dos tercios de nuestra población tomarían hoy a título de inventario la descripción de un país sin tv en el que el tiempo discurría arrastrado sobre un horario calmo dividido por los boletines de noticias oficiales, como antiguamente por el toque de ‘ángelus’ o el de ‘vísperas’. ¿Cómo podría imaginar esa España actual una nación sin coches y en la que el excepcional viajero aéreo constituía una celebridad local? La sociedad que vivimos hoy es, por el contrario, un grupo organizado sobre la más compleja red de necesidades, un hecho trascendental porque si es cierto que la satisfacción adecuada (tecnológica) de esas necesidades libera al hombre, no lo es menos que su dependencia lo encadena a aquella fatalmente. El caso del teléfono móvil es paradigmático y contra su boga invasiva poco ha podido la sospecha propagada de sus altos riesgos sanitarios, como lo prueba que haya en este instante en nuestro país más teléfonos que habitantes, concretamente unos doscientos mil más. El olvido del móvil, el extravío del cargador, el fallo de la cobertura son vividos por este usuario reciente con un dramatismo digno de mejor  causa, tantas veces rayano en la dependencia enfermiza que los psicólogos ha roto a hablar sin disimulos de “adicción sin substancia” para referirse a esa necesidad compulsiva e incontrolable (sic) de controlar el telefonillo cualquiera que sea la ocupación circunstancial del adicto. Hace tiempo leí que en Argentina consta el uso frecuente del “celular” en el cuarto de baño y en USA a alguien que añoraba un Bukowski capaz de meterlo en el tálamo como los romanos metían el puñal mientras holgaban con sus amantes. Todo se andará.
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Lo curioso del caso es que muchos damnificados aceptan el daño que les produce la satisfacción del deseo. Una encuesta de la BBC sobre más de cuatro mil usuarios averiguó que el 17 por ciento de ellos tenía al móvil por el segundo peor invento de la Humanidad y en otra reciente la cadena comprobó, en una prueba de abstinencia voluntaria suscrita por siete periodistas, que la renuncia al móvil casi nunca era soportable. En la universidad de Straffordshire sus sabios han puesto en claro que a quienes renuncian al teléfono o se ven privados de él les baja inquietantemente la presión sanguínea, mientras que en la de Navarra sostienen que los jóvenes del primer tramo son adictos en su práctica totalidad y el Defensor del Menor madrileño que cuatro de cada diez muchachos está lo que se dice “enganchado” al adminículo. Hemos entrado en una era incontinente que ha convertido la comunicación en un hábito continuo, desdeñando casi en absoluto los llamados “espacios de silencio” y haciendo de la experiencia personal un diálogo constante, ininterrumpido, tan fecundo como alienante, tan utilitario como patológico. La industria del ramo británica ha multiplicado por diez su valor sólo en el año pasado y ello a pesar de la discreta recomendación gubernamental de limitar el uso inmoderado, en especial por parte de los más jóvenes. La civilización nos hace libres, ya digo, al tiempo que nos encadena. No tienen más que fijarse en esos zombies que, sin duda, se cruzan con cualquiera por la calle, más ajenos que presentes, aunque menos ubicuos que controlados, viviendo como enajenados hertzianos esta culminación de lo social que ha hecho, por fin, del habla el rasgo decisivo de nuestra evolución como especie.

6 Comentarios

  1. ‘…les baja inquietantemente la presión sanguínea…’, ¿Cómo de inquietantemente, señores sabios de Straffordshire? ¿Y cuánto les sube de golpe, cuántos extrasístoles desordenados se producen, las veces que el cacharrillo jodío suena donde y cuando no debe?. Que una sepa, muere más gente –ictus cerebrales, coronarias que se colapsan, aortas que se rajan de puro aneurisma- por subidas que por bajadas de tensión. A ver si van a ser sabios de letras…

    Me cuenta mi amigo, algo mayorcete que una servidora, que su hijo iba conduciendo mientras hablaba por el manos libres. Se pasaron la entrada norte y la entrada sur del sitio a donde iban e hicieron casi cuarenta kms. más, tras dar la vuelta.

    Mi hermano, con algo menos de setenta, aró con el romano, ‘el arado de palo’ se le decía. Y es que en cincuenta años hemos pasado de repetir gestos de siglos, modos y maneras con fijación neuronal a esprintar agónicamente, aunque no sepamos muy bien dónde está la meta. Si hay meta, que esa es otra. -¿A dónde vas tan acelerado? –No lo sé, pero llevo mucha prisa.

    Nos hemos calzado las botas de siete leguas y no nos las quitamos ni para el yesverigüel, nos hemos hecho adictos a la velocidad, nos esclaviza la agenda, nos falta tiempo para todo. ¿No la estaremos cagando demasiado?

    Mi pegote ya es sabido: veo poca, mu poquita tele. Uso un telefonino de prepago al que pongo 5 leuritos antes de que me caduquen los 5 anteriores. No lo llevo encima más que si salgo de viaje. Eso sí, esta maquinilla del interné me tiene su mijita enganchada. Pero le he puesto un avisador y no supero jamás los tiempos de sentada. No me hubiera aterrado yo en Esparta.

    Que te digo que está hermosa la primavera, Facundina.

  2. Vuelvo a notar que se pierden los correos, al menos los míos. ¿Será esta la causa de estos silencios incomprensibles y estos cambios de humor del grupo bloguero?

  3. Curioso aviso a navegantes, y curiosa explanación de Sor Inconformable, que esta vez la paga con los sabios de su misma legión. En realidad, el blog tiene eso: que a veces duplica el artículo con otro, demostración de que hay –como el jefe sostuvo una vez aquí mismo, en el blog– mucho bloguero que sería gran columnista y mucho colmnista (lo dijo el jefe, insistiré en ello) que debería limitarse al blog.

  4. En mi casa hay cinco troncos y nueve móviles, don jefe, y en la de mi tronca seis para cuatro. Me puede decir como se mete uno en el negocio???

  5. La impropiedad latina del título, ¿es deliberada, don joseantonio, o la cosa va de fallo? Apuesto por lo primero, no tengo que decirlo, pero conviene avisar.

  6. Por fa, por fa, mi don Gramático, no se nos venda tan caro. Servidora no es masoca pero sus collejas me ponen infinito.

    Lo del ‘homo parlans’, que hace más de 45 años que no abro un libro de latín, me parece correcto. Homo, hominis y participio activo de parlare, de la 1ª. Venga, colléjeme, que segu que me lo merezco.

    (Servidora procura no duplicar sino apostillar, añadiendo mijita de sal y pimienta, mi don Arouet. Pero no siempre está una en vena. Pesadita síq ue me pongo a veces. Pardon, monsieur. Y a mí que sí que me funciona siempre el aparato, mi don Páter… Temblad, que no os librais de mí).

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