El verano del 2020, el de la pandemia, se recordará largamente y por muchas razones pero, sobre todas ellas, por el frenazo turístico. El turismo –lo saben bien los antropólogos—fue colectivo en un principio. El hombre primordial no viajaba, como no viaja el mandril o los ñus, si no es en manada y por exigencia estacional. Lo del viaje personal es un invento tardío y tuvo en un principio, además, una finalidad, un objetivo. Desde Heródoto o Tolomeo, desde Pausanias a Benjamín de Palencia, de Colón a Humboldt, la aventura perseguía un hallazgo, aunque, con el tiempo, los hombres habrían de volver (lo decía Marcel Mauss) a “la tradición del Judío Errante”. Hasta hubo quien vio en esos avatares y peripecias algo así como un ejercicio de rebeldía individual para liberarse del complicado lazo social y no faltó romántico ilustre para interpretar el viaje como una huida vital.

Los tiempos modernos, en todo caso, han asistido a ese renovado primitivismo que son los flujos estacionales, el desplazamiento masivo motivado, según Paul Morand, por ese deseo de ver y ese humor inquieto que serían característicos de nuestra época, dando lugar al excepcional negocio de una industria turística que pudiera ser que no aportara tanto al individuo como sujeto histórico, pero que haría surgir, en definitiva, lo que se ha llegado a calificar como un “nuevo orden”.

Todavía un espíritu post romántico como el de Morand –empeñado en el mito del rebelde itinerante– pudo ver en nuestras vacaciones un rasgo identitario de la sociedad de masas y una fuga ritualizada del individuo para escapar del Estado, de la familia, del matrimonio o del fisco, injustificable exceso teórico que nada desmiente mejor que su inapreciable “Venecias”. De sus reflexiones ninguna tan ajustada a la actual circunstancia como aquella que ve en el huésped visitante la primera de las exportaciones de un país y el sostén insustituible de su balanza económica de otro.

Seguro que “homo migrans”, nuestro aventurero contemporáneo, volverá más pronto que tarde a abarrotar los aeropuertos y disputar las playas lejanas hasta recuperar ese estilo, perdido provisionalmente, que lo mueve a ir siempre más lejos y más rápido o, como sospechaba Coatelem, a poner tierra por medio con su prójimo, cimarrón al fin consagrado, siquiera una vez al año, en su perfil de individuo “ligero, independiente y preadámico”. Hemos avanzado tanto en ese negocio que hoy los poderes públicos, con tal de cuadrar las cuentas, han acabado por cebar el consumo subvencionando generosamente al turista.

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