He escuchado con estupor en la tele la angelical confesión de una adolescente asegurando que habría enviado 20.000 mensajes en un mes. Las cifras globales impresionan pero no permiten ver de cerca la realidad que ocultan, y que en este caso supondría que la joven hembra tuvo que enviar 666 mensajes diarios (contemplo la jornada de 18 horas), es decir, 37 cada hora del día. Ya metido en harinas me he puesto a averiguar los datos facilitados por las operadoras y compruebo que, en un cálculo provisional, se supone que este fin de año la Humanidad ha cruzado entre sus miembros nada menos que 50.000 millones de “sms”, más de mil millones en algún país europeo algo más poblado que España. No se cuentan, naturalmente, los “mms” (envíos de material gráfico) ni la incesante actividad de las llamadas “redes sociales” (Twitter, Facebook o WhatsApp), un cálculo que sugiere la vieja imagen del termitero o la colmena ensordecedores aunque silenciosos que imaginó el conde Maeterlink, una especie de incesante e inaudible “concerto grosso” tejido por las señales emitidas en todas direcciones. La realidad actual de la comunicación no era ni imaginable cuando los padres del funcionalismo lanzaron su teoría de la interacción, como no creo que ninguna pupila antropológica haya sido capaz de entrever este mundo ancho y ajeno pero atado por infinitos lazos hertzianos que nos ha tocado en suerte. ¿Qué será del silencio en este escenario estridente del que, sin embargo, no trasciende al patio de butacas ni el más leve rumor, qué de este “homo eloquens” que pronto destinará más tiempo a hablar que a pensar lo que dice, y cómo acomodarnos en esta sociedad continua y ubicuamente comunicada, que ha sido capaz de abolir los tiempos y las distancias para instalarse, en un rumor de enjambre, sobre el desgalgadero de la intimidad suprimida?

No las tengo todas conmigo sobre que esa Red con mayúscula acabe ofreciendo a la especie un espacio sentimental en el que reforzar lazos o si, por el contrario, la haga implosionar el día menos pensado, gravada por la inmensa densidad de esta insólita elocuencia con la que posiblemente no contaba el género humano. El frenesí comunicador ha abolido el espacio y transformado el tiempo de manera que será la propia imagen del mundo la que deberá olvidar el silencio reparador para adaptarse a la incesante barahúnda que invade el orbe en todas direcciones. Puede que a “Homo eloquens” le esté reservada la última palabra de esta rara aventura.

5 Comentarios

  1. En los centros de enseñanza hemos tenido que retirar los móviles a los alumnos. ¡Y hay padres uqe han protestado!

  2. Es más que posible que esa mozuela haya enviado algún(os) mensajito(s) ‘a todos sus contactos’. Si en la red llamada Facebook, alguien puede presumir de cientos o miles de amigos, el milagro de los panes y los peces se queda en un pincho de melva con morrón. Se le da al botoncito et… ¡voilá!, 1.283 sms de un (matasiete)golpe.

    Existe el antecedente del 11-M, en que un presidente de diputación andaluz, convocó a sus fieles a las sedes del pepe para montar el pollo. (Esos mensajitos los pagamos los que entonces vivíamos en su bella provincia).

  3. Son los padres los que insisten y que quieren porque así tienen la impresion de controlar mejor a sus queridos adolescentes. Pobres ilusos! Pero así si llegan tarde pueden avisar y si al crío le pasa algo, lo mismo…. El día en que pase “algo” de veras no lo sabrán o entonces muy demasiado tarde.

    Pienso que dentro de poco la gente “esemeará” menos. Tambien, cuando salen de la adolescencia le ponen un freno al teléfono y al contacto urbi et orbi.
    Besos a todos…..y feliz 2013!

  4. También exite el rpecdente de los Rubalcabos enviando miles de mensajes para citar a la gente en ante la sede del PP. ¿Se acuerda, don Epi?

  5. Las llamadas redes sociales no son más que un eufemismo de red piramidal, donde se crea poco y se copia y pega mucho. Por lo demás, coincido con lo dicho en los sabios comentarios que preceden a éste.

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