No hay por qué sorprenderse del homenaje de los tránsfugas que gobiernan Gibraleón a quien es, en realidad, uno de los suyos, y aparte de eso, el segundo empleador del pueblo. Esos tránsfugas y su partido arriman el ascua a su sardina, como es lógico, y ahí acaba su problema. El que no acaba es el del Obispado, cuyo silencio ante la extraña odisea de este cura “emprendedor” trasluce la dificultad que siempre tiene la jerarquía a la hora de destapar ollas rebullentes. Que el obispo entrante se encuentre con un reajuste general de párrocos que afecta a la tira de ellos pero no toca ni un pelo a este cuestionado personaje, dice mucho sin abrir la boca. Las “dos espadas” saben que ganan llevándose bien y eso está a la vista en Gibraleón como lo está en el palacio de el Conquero. El cura de Gibraleón no es un párroco cualquiera, sino un gran empresario con estratégicas alianzas con el partido en el poder. Demasiado para un obispo interino. Y seguramente también para el que lo suceda.

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