Cuando escribo estas líneas puede que estén ejecutando en la prisión de Georgia a un negro acusado de haber matado a un policía hace veinte años. Imaginen el último paseo desde el corredor de la muerte, la despedida de los condenados, la entrada en el “laboratorio” que hace de patíbulo, la ventana tras la que asisten al espectáculo la mujer y los hijos de la víctima, la maniobra final de los verdugos disfrazados de sanitarios… De poco puede que hayan servido las revisiones del proceso, el hecho –¡insólito!—de que siete de los nueves testigos de cargo se hayan retractado, la insistente súplica del papa, la mediación del expresidente Carter, la de los actores encabezada por Susan Sarendon o la llamada a la huelga penitenciaria convocada por un sindicato, ante la determinación de acabar con un reo quizá molesto por haberse convertido en un símbolo de la brutalidad de estos procedimientos. Desde Francia, el ex-ministro Badinter ve en esta ejecución “una mancha sobre la Justicia americana” y en los mismos EEUU las manifestaciones, agrupadas tras Amnesty International, se han multiplicado inútilmente. Lo más probable que antes de imprimirse mi columna, el pobre Troy haya recibido ya su inyección letal y el próximo candidato al patíbulo haya entrado en capilla psicológica. Siempre es abominable la pena de muerte, pero infinitamente más cuando no bastan para evitarla ni la evidencia de los errores demostrados que en aquel gran país se multiplican en los últimos tiempos ante la indiferencia de una obtusa mayoría que ve en el suplicio una prerrogativa del Estado y un instrumento disuasor. A un eminente sociólogo americano le tengo leído que el apoyo popular a la última pena cobró un fuerte impulso tras el atentado del 11-S. Puede, pero el caso no varía. Lo que cuenta es que quizá en este mismo momento estén asesinando legalmente a Troy Davis en Georgia y que el rumor de la protesta se habrá apagado en poco tiempo. La vida sigue, y la muerte también.

Se ha quedado vieja la razón de Hugo, aquello de que se mata al tigre por la piel y al criminal por el ejemplo, mientras crece el aviso inteligente de Nodier de que no es lícito matar ni al verdugo. El progreso moral se resiste y mucho tiene que ver en ello este empecinamiento de los EEUU en mantener dispuesto el cadalso y atestado el corredor donde los reos aguardan. De poco valen las pruebas de que se han ejecutado inocentes, incluso menores retrasados, ante el hábito inveterado del talión. Quizá en este mismo momento en que escribo unos hombres matan a otro, eso es todo. Un día, cuando ya no tenga remedio, todo esto resultará abominable. Los hombres escriben siempre sobre el mismo palimpsesto.

6 Comentarios

  1. Excelente artículo, canto a la libertad, al amor, a la misericordia, derecho a vivir a pesar de los pesares, un día, tal vez lejano, el derecho dejará de encontrar razones para ejercer justicia, sin privar de la vida a nadie.

  2. Tema recurrente, obsesivo casi, para don ja y para algunos de nosotros, tema necesario porque callarlo sería hacerse cómplice de la barbaridad. La Humanidad ha mejorado mucho desde Beccaria pero en Europa, no en USA, por ejemplo,ni en China, ni en Rusia, ni en tantos países africanos y asiáticos. La vida bde un hombre es sagrada. Falta mucho para que se asuma ese postulado como un axioma.

  3. La contumacia de la sociedad americana en este punto es temible. Conserva vivo el sentimiento de los pioneros, la idea de que la Ley es el grupo o no es nadie, y que esa ley no tiene otro límite que el de la voluntad del grupo amenazado. Creo que en esa guerra se han ganado muchas batallas pero queda mucho por ganar todavía. Cuando se elaboró nuestra Constitución se dijeron cosas muy interesantes, algunas ejemplares y alguna que hoy resulkta difícil de asumir como la propuesta defendida por Tierno de que se conservara la pena de muerte en tiempos de guerra. Menos mal que aquella vez no fue la Derecha…

  4. Remito al comentario (demoledor) que ayer nos dejó Miller. ¿Qué añadir, para qué? Pues para seguir una lucha de la que depende la dignidad humana. Yo sé que jagm siempre anduvo en esas, y lo demuestra aquí cada vez que, por desgracia, tiene ocasión.

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