Sobre el País Vasco gravitan muchos tópicos, mitos si lo prefieren, entre los que destaca la generalizada creencia de que su orden social se articula sobre un matriarcado a lo Bachofen, realidad o leyenda a menudo discutida por los sabios. Uno de ellos ha explicado hace poco que la realidad vasca puede ser calificada si acaso de matriarcal “pero no como matriarcado” ya que aunque el “matriarcalismo” representa “una estructura psicocosial centrada o focalizada en el símbolo de la Madre”, el “matriarcado” fetén supondría una sociedad en la que “el dominio de la mujer estaría atestiguado legal o antropológicamente”. No sé, la verdad, y doctores no faltan en la iglesia para decidir lo que proceda, pero en la memoria nos inquieta un fondo de convicciones heredado de gente tan diverso  que va desde el barón von Humboldt a Juaristi pasando por don Julio Caro Baroja o, si me apuran, por el mismísimo don Pío.

 

El tema es viejo pero revive hoy en su rescoldo animado por la ocurrencia legislativa de disponer la ampliación de las cocinas euskaldunas para mejor acoger a los varones en beneficio de la consabida igualdad entre los sexos, a pesar de que en el mítico Euskadi la realidad es que los machos son más frecuentes entre los fogones que en ninguna otra etnia o comunidad española desde mucho antes de que la postmodernidad les pusiera el delantal. Sobran juicios antropológicos procedentes de los propios vasquistas vascos (porque también los hubo de Cuenca, por ejemplo,  el padre Hervás y Panduro, más que probable inspirador de Humboldt) en torno a la índole de esa “etxekoandre” –la popular “Mari”– que alguien ha revestido como auténtica sacerdotisa del hogar y en la que creo recordar que don Julio veía a la ancestral recolectora de frutos y más tarde a la “fermière” neolítica.

 

¿De verdad es puro mito el de esa “madre devoradora” que descubrió Denise Paulme en los cuentos africanos? ¿No es la “etxe” vasca, el caserío, un ámbito íntimo y tradicional en el que todo orbita alrededor de la madre que concibe y pare, que concina o cura, que administra y manda mientras el hombre se afana laborioso lejos del hogar? No puedo imaginar a quién se le habrá ocurrido reforzar ese matriarcalismo que salta a la vista y menos esa “solución” tan zopenca          de ampliar la cocina para que quepa en ella el español más cocinero de que haya noticia. Pero no resulta difícil ver en ese arbitrio una hijuela más de ese nuevo sexismo que, en sus ansias, no reconoce ya ni realidades tan obvias que merecen mitos. Me pregunto qué  habrán pensado de esa providencia lela cocineros consagrados como Subijana, Arzak o Berasategui, dueños realengos del fogón vasco sin necesidad de que los coronara esa tan mal llamada “perspectiva de género”.

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