Que no nos cuenten milongas sobre causas y efectos de la actual ola antihispánica. Al mismo papa Francisco se le ha ido la mano tópica hasta el punto de olvidar la evangelización española que todavía hoy hace posible, entre otras cosas, los clamorosos viajes pontificios al continente americano, por no hablar de la pionera legislación humanística, la inclusión idiomática o el generoso mestizaje ofrecido a los indígenas por nuestros trasabuelos. La portavoz del separatismo institucional en Cataluña no se ha cortado a la hora de calificar la histórica intervención española en América como un simple “genocidio”, al tiempo que la voz del sanchismo se distanciaba de esa proeza memorable sustituyendo sus valores propios por el batiburruillo del “compromiso, la solidaridad, la cooperación y el multilateralismo”. Las estatuas de Colón, en fin, son profanadas cuando no derribadas según el acreditado ritual del siglo XXI, como si se tratara de Stalin, Sadam Husein o Franco.

Cuentos de la politiquería hispanoamericana (Perón diría “latinoamericana”) para paliar la evidencia de su propia responsabilidad –ahí está el ignaro presidente mexicano despotricando sandeces contra el gachupín– con el apoyo de unas Izquierdas desnaturalizadas por el uso del tópico, que se complacen en asegurar una “leyenda negra” cada día más cuestionada. ¿Se habrán fijado acaso en las otras “colonizaciones”  históricas incluyendo el vigente imperialismo? ¿Cómo azuzar contra la epopeya española por sus dislates y crímenes –que los tuvo– olvidando la crónica sangrienta de Gran Bretaña en India o Kenia por no hablar de Sudáfrica, el saqueo inmisericorde y el genocidio de la Bélgica de Leopoldo II en el Congo, el descaste étnico brutal perpetrado por unos y otros en Australia o el calvario argelino de Argelia bajo el dominio francés? ¿Cabe imaginar siquiera en esos “colonos”, no ya el mestizaje, sino la convivencia con el indígena que propició esa denostada Hispanidad?

Se admira a Roma por su legado imperial con olvido de la dureza de su dominio y se la elogia por lo mismo que a España se le regatea: por el préstamo del idioma y el contagio de la cultura a ese idealizado indigenismo cuya primitiva y sangrienta brutalidad no es hoy ya ningún secreto. Y suele hacerse invocando el volteriano progreso moral que no resistiría la furibunda crítica anticolonialista de Diderot. Un tío peligroso como Toni Negri no repudiaba el colonialismo aunque lo considerara inactual, lo que suponía historificar juiciosamente las situaciones reales. Olvídense de Menéndez Pelayo y Ortega, de Marañón y García Morente, si quieren, pero lean, al menos, a tipos tan poco sospechosos como Hobsbawn, Fanon, Orwell o el mismísimo Lenin: verán cómo gira el caleidoscopio y se perfila con justicia el perfil de aquellos aventureros ajenos por completo a los mangantes hodiernos que rigen aquellos pueblos. ¡Y los nuestros!

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